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CUANDO SE ROMPIÓ EL MUNDO... EL ASALTO A LA REPÚBLICA EN LEÓN Y SUS TIERRAS

Se trata de la crónica del transcurso de los días que van del 18 de julio al 31 de julio de 1936, en los que se produce la sublevación contra la Segunda República y el inicio de la imposición del Nuevo Estado, en los lugares que se señalan en el índice (León, La Bañeza, Jiménez de Jamuz, Castrocalbón, Astorga, Nistal de la Vega, Villafranca del Bierzo, Bembibre, Torre del Bierzo, Toral de los Vados, Noceda del Bierzo, Fabero, Villablino, Boñar, Cistierna, Ponferrada, Valencia de Don Juan, Grajal de Campos, Sahagún, Mansilla de las Mulas, Destriana, Santa María del Páramo, Alija de los Melones, Mansilla del Páramo, Quintana del Marco, Urdiales del Páramo, Veguellina de Órbigo,  Valderas), además de en otros como Hospital de Órbigo, Sabero,  Lario, Riaño, y La Vecilla.

Se pretende un acercamiento detallado y minucioso a la historia de lo sucedido en aquellas jornadas en las localidades referidas, aún sin contar en la mayoría de los casos, y en otros (los menos) contada desperdigada y parcialmente.

Es el relato de cómo se inició en nuestras tierras la tragedia, de cómo se perpetró por quienes llevaban mucho tiempo conspirando para ello el crimen de rebelión armada contra el régimen legal y el poder legítimamente constituido, los mismos que, una vez triunfantes, aplicarían su "justicia al revés" y extensos, duros y prolongados castigos a los afectos a aquel régimen y a cuantos participaron en los agitados y decisivos días de la vorágine de julio en su defensa y en los débiles conatos de oposición a los facciosos.


  En ese acercamiento a los sucesos de aquellos decisivos días constatamos algunas realidades hasta hoy ocultas o veladas, varias de las cuales aquí, a modo de adelanto, sucintamente señalamos:

  • La importancia del inicial y anticipado levantamiento del Aeródromo de León para el resultado de la sublevación en la capital.

  • La importancia de las actividades de la Guardia Civil (un Instituto armado en el que primaba la disciplina y la obediencia al mando) en la capital y en la provincia en los días anteriores (18 y 19 de julio) al de la sublevación en la capital el 20 de julio (actividades que después se tratarían de ocultar).

  • La trascendencia de la Guardia Civil y su tardío decantamiento hacia el lado luego ganador en el resultado del alzamiento en la ciudad de León, y por ende en el resultado del mismo en la provincia y en el noroeste español, tan importante después en el transcurso de la guerra.

  • El muy diferente comportamiento en León y en otros lugares provinciales frente a la amenaza del golpe militar en los días previos y hasta que se produce de los republicanos y socialistas-comunistas y los anarquistas leoneses (estos más decididos y activos frente a la amenaza).

  • El golpe militar se desarrolla en la ciudad de León de modo más agresivo, destructivo y violento de lo que siempre se contó, narrando los vencedores su transcurso de manera tergiversada y falseada desde los primeros días posteriores al mismo, tratando de justificarlo.

  • El golpe militar fue en León mucho menos aceptado de lo que después se dijo. Tuvo en muchos lugares de la provincia, y también en la capital, después de producido más contestación, más oposición e incluso más respuesta armada y ofensiva de lo que más tarde se contaría.

Desvelamos además las hasta ahora apenas conocidas trayectoria y peripecias de la columna de mineros de paso por León desde Asturias hacia Valladolid, Madrid y Sevilla, en la capital y en los demás lugares del que fue su recorrido hasta regresar a su tierra por Leitariegos y Somiedo (Asturias-León[Palencia-Valladolid]-Astorga-La Bañeza-Benavente-LaBañeza-Astorga-Ponferrada-Villablino).

También descubrimos y mostramos los que fueron dos Campos de Concentración establecidos en nuestra tierra y hasta hoy casi del todo desconocidos: el de La Pajera, en Astorga, y el de los talleres Casa Ponga (o la Harinera) en Valencia de Don Juan.

Desvelamos también la existencia de una fosa común en el interior del que entonces en Astorga fue Cuartel-Prisión de Santocildes desde los primeros tiempos de la guerra desatada por el golpe militar.

Hacemos además nueva luz en torno a un mito durante tantos años mantenido como es el de las enfermeras mártires de Astorga, confrontándolo con lo que hoy sabemos de aquel episodio bélico de finales de octubre de 1936 del copo del Puerto de Somiedo.

Se trata, en suma, de

El relato más completo y detallado del golpe militar de julio de 1936 en las ciudades, villas y pueblos de la provincia de León.


Por cierto: También nos sirve el acercamiento a lo sucedido en León en aquellas fechas de la segunda quincena de  julo de 1936 para concluir que es, a nuestro entender, del todo inadecuado que aún se mantenga en la ciudad de León, en su callejero, una vía dedicada a la figura, y a su memoria, del Teniente Andrés González García, que lo era del Cuerpo de Asalto y que fue uno de los militares perjuros y traidores a su juramento de lealtad al régimen constitucional entonces vigente, y uno de los más directa y activamente implicados en la conjura golpista y en el golpe de Estado, uno de los sublevados que, él en primera línea, asaltaron por la fuerza de las armas entonces la República. 


 ÍNDICE.-

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CUANDO SE ROMPIÓ EL MUNDO… EL ASALTO A LA REPÚBLICA EN LEÓN Y SUS TIERRAS.

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                                        --- EL GOLPE ---

JULIO DE 1936. DÍAS DE VORÁGINE.-

La guerra comenzaba.                                            18 DE JULIO, SÁBADO.- 

Milicianos de Asturias en apoyo de Madrid.

Confusión y desconcierto.                                       El 18 de julio en León.-

Velando por el orden.                                             El 18 de julio en La Bañeza.-

En una noche tres gobiernos.                                 19 DE JULIO, DOMINGO.-

Armas, mineros, y mentiras.                                   El 19 de julio en León.-

Llegan los asturianos.                                              El 19 de julio en La Bañeza.-

Baile en la Plaza. 

Agitación en Jiménez de Jamuz.

Leales “rebeldes” en Castrocalbón.

Se define el campo de batalla.                                20 DE JULIO, LUNES.-

Los militares se sublevan.                                       El 20 de julio en León.-

La clave fue el Aeródromo.

Las versiones de viajeros y evadidos.

El Alzamiento contado un año después por Lamparilla.

La odisea del general Gómez-Caminero.

Se va la benemérita.                                                El 20 de julio en La Bañeza.-

El golpe militar en Astorga.

Los sucesos de Nistal de la Vega.

Las columnas mineras en Astorga y La Bañeza.

Los conjurados se rebelan.

Astorga en la Era Azul.

Fuego amigo.

La muerte en los caminos.

Paredones.

Balbina de Paz y el cura delator.

Vidas confinadas. El "Gulag" astorgano.

Una fosa común en el Cuartel de Santocildes.

Rojos y falangistas de Hedilla se amotinan.

Los campos de concentración de Santocildes y La Pajera (o Santa Ana).

Depurados.

El mito de las enfermeras mártires.

La insubordinación del Requeté.

Los mineros en Benavente y su retorno por La Bañeza, Astorga y Ponferrada.

La defensa de la República en El Bierzo.

En Villafranca.-

En Noceda.-

En Toral de los Vados.-

En Cacabelos.-

En Torre del Bierzo.-

En Ponferrada.-

En Fabero.-

En Bembibre.-

Confluencia republicana en Villablino.

Se alza Valencia de Don Juan.

El desquite.

Temprana represalia.

Un campo de concentración de prisioneros de guerra en Casa Ponga.

El Diario de Jaume Cusidó Llobet, un “concentrado” catalán.-

La sedición en Grajal de Campos y en Sahagún.

Tiempos de ceniza y plomo.

La oposición al golpe en Mansilla de las Mulas.

                                    --- LA GUERRA ---

No hay vuelta atrás.                                                            21 DE JULIO, MARTES.-

El día después.                                                         El 21 de julio en León.-

La ocupación de la ciudad.                                     El 21 de julio en La Bañeza.-

La desbandada: detenciones, huidas y escondrijos.

La muerte del falangista Ramos.

Un poder breve y transitorio…                              22 DE JULIO, MIÉRCOLES.-

Bombardeo artesanal e incursión sobre Cistierna.          El 22 de julio en León.-

Capturas y disidencias.                                           El 22 de julio en La Bañeza.-

La toma de Santa María del Páramo.

El final de la República en Mansilla del Páramo.                            

La insurrección en Urdiales del Páramo.-       

Se somete Veguellina de Órbigo.

La Junta de Defensa Nacional.                              23 DE JULIO, JUEVES.-

Contraatacan los vencidos.                                     El 23 de julio en León.-

Fugitivos que se ocultan.                                         El 23 de julio en La Bañeza.-

Tranquilidad (no tanta) y pacos.                           El 24 DE JULIO, VIERNES, en León.-

Contra los bulos.                                                      El 24 de julio en La Bañeza.-

Cae Valderas.

La resistencia.

Atrapados, escondidos y escapados.

Castigo y escarmiento.

El paseado de Villafer que sobrevivió a su propia muerte.

Flaquea el optimismo.                                     El 25 DE JULIO, SÁBADO, en León.-

Se imponen Ayuntamientos de Falange.       El 25 de julio en La Bañeza.-

Ciudad fascistizada.                                       El 26 DE JULIO, DOMINGO, en León.-

Razias de pacificación en Cistierna y en Boñar.   El 27 DE JULIO, LUNES, en León.-

Los primeros paseos.                                      El 27 de julio en La Bañeza.-

Escapularios y medallas.                                El 28 DE JULIO, MARTES, en León.-

Toque de queda y asesinato por la espalda.       El 28 de julio en La Bañeza.-

Presos levantiscos.-

Arriesgados obreros solidarios.-

Frenética actividad bélica.                              El 29 DE JULIO, MIÉRCOLES, en León.-

Ejecuciones, falsedades, y guerra informativa.    El 30 DE JULIO, JUEVES, en León.-

Otra víspera sangrienta.                                  El 31 de julio en La Bañeza.-

Revanchas en Destriana.

Venganza en Alija de los Melones.

Hoces frente al fascio en Quintana del Marco.

Los listados de la persecución.

Prosigue la “limpieza”.                                    El 31 DE JULIO, VIERNES, en León.-

En la Montaña leonesa.

La paz del miedo.

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ANEXOS.-

ÍNDICE ONOMÁSTICO.-

ÍNDICE TOPONÍMICO PROVINCIAL.-

FUENTES.-

DVD.- (Contenido).

DOCUMENTOS.-

Algunos actores del drama en La Bañeza.- (Reseña biográfica).

Actas de reuniones de las Juventudes Socialistas Unificadas de Valderas en 1936.-

Cartas de despedida desde “capilla” en el Cuartel-Prisión de Santocildes de los jóvenes de Valderas Teófilo Álvarez García y Pacífico Villar Pastor.-

Escritos de despedida de Elías Falagán Martínez y Joaquín González Duviz, dos bañezanos de los 17 fusilados en León el 18 de febrero de 1937.

Las víctimas del franquismo en Santa María del Páramo.- (Reseña biográfica).

ARCHIVOS.-

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ALGUNAS MUESTRAS DE APARTADOS QUE FORMAN PARTE DEL CONTENIDO DEL LIBRO.-

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Confusión y desconcierto. El 18 de julio de 1936 en León.

En la capital leonesa, como en otras muchas del país, la primera quincena de julio transcurrió agitada por el conflicto planteado por numerosos maestros asistentes a los exámenes ante los tribunales calificadores de los cursillos de acceso al Magisterio nacional primario, iniciados el día 4 y saboteados con la huelga que desde entonces siguen la mitad de los casi 540 inscritos. Leves alteraciones del orden público promovidas por los cursillistas, con carreras e intervenciones de los guardias de Asalto que causan algunos heridos, se suceden a lo largo de aquellas fechas (haber participado en la huelga –que apoyaron los obreros socialistas- no entrando a las pruebas, en los alborotos o en las asambleas celebradas en la Casa del Pueblo y en el Industrial Cinema, será luego motivo de agravación de las sanciones que se impongan a los enseñantes depurados). A la altura del 16 de julio se suspendían los cursillos y se aplazaba el tercer ejercicio aún no realizado, a la espera de que el ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes encuentre una solución. A la postre, el día 21 aquel ministerio, “vista la situación anómala que atraviesan algunas provincias españolas”, posponía hasta nueva orden la celebración de todas las oposiciones y cursillos, tanto de Primera como de Segunda Enseñanza (el 13 de agosto se suspenderían definitivamente en la zona sublevada por disposición de la Junta de Defensa Nacional que ordenaba tres días antes la entrega por los tribunales de toda la documentación de lo actuado).

Bastantes de los maestros cursillistas, que atestaban aquellos días la ciudad, y de quienes en los tribunales los estaban evaluando, estamparon en el álbum que se le destinaba (caído en manos de los alzados luego) su firma de adhesión al homenaje que en la noche del mismo día 16 al 17, después de la exitosa representación de su aclamada obra Nuestra Natacha en el Teatro Principal, la Asociación de la Prensa Leonesa tributaba en el Salón de Arte de los bajos del Café Central al también enseñante e inspector, además de reconocido dramaturgo, Alejandro Casona, al que los sublevados leoneses harán objeto, una vez que el día 20 triunfen, de una especial y contumaz persecución, intentando a toda costa detenerlo, sin que lo consigan, pues lo sorteará escapando disfrazado a su pueblo, Canales, para pasar luego a Asturias desde allí y dirigirse al exilio más tarde. Muchos de aquellos maestros y maestras cursillistas, objetivo predilecto cuando se desaten el rencor y la venganza, sufrirían después particular o añadida represión por ello, y algunos duras violencias para hacerles confesar el paradero del huido.

En los planes golpistas del general Emilio Mola la Octava División Orgánica (la más débil del entramado militar español, con su cuartel general en La Coruña y que abarcaba Asturias, las provincias gallegas y León) no tenía como objetivo marchar sobre Madrid, sino contener a las masas revolucionarias asturianas de las cuencas mineras. En su Instrucción del 25 de mayo fijando “El objetivo, los medios y los itinerarios” asignaba a esta División el cometido de asegurar la retaguardia de las columnas armadas rebeldes de las Divisiones Sexta y Séptima que desde el norte, y con otras que lo harían desde el sur y el este, avanzarían sobre la capital de la República, ocupándola y haciéndose así con el poder en cuestión de pocos días.

<<<< Torre de la Colegiata de San Isidoro. Algunas de sus estancias alojaban el cuartel de guardias civiles jóvenes

Los oficiales y jefes militares de León en su gran mayoría habían decidido unirse al levantamiento programado para el domingo día 19, contando con las siguientes fuerzas[1] (escasas y mal equipadas): el Regimiento de Infantería Burgos 36, a cargo del coronel Vicente Lafuente Lafuente-Baleztena[2], con un batallón y la Plana Mayor del Regimiento guarneciendo la capital en el Cuartel del Cid -473 soldados mandados por el capitán Miguel Arredonda Lorza (nacido en Sevilla en 1886) en aquel recinto que seguiría siendo, como en 1934, “una cuadra sobre la que se alargaban los dormitorios de la tropa, más importante aquella que estos, y los caballos de los oficiales mucho más que los soldados” [Blanco, 1977: 104]- y otro en Astorga, con 319 hombres acantonados en el Cuartel de Santocildes, que mandaba desde enero el comandante Elías Gallegos Muro (dispuesto a alzarse). Sumaban entre ambos casi 800 efectivos, el capitán Antonio Martínez Pedrosa era su Jefe de Estado Mayor desde pocos días antes, y componían uno y otro la XVI Brigada de Infantería (una de las dos que con otra de Artillería y un Batallón de Zapadores completaban la División), con cuartel general en León y bajo el mando del general de brigada Carlos Bosch y Bosch, de origen mallorquín y de 63 años de edad, gobernador militar de la provincia y comandante general de la Plaza desde abril y el inicio de julio de 1934, favorable a la sedición (eran entre los militares la excepción los leales capitanes Juan Rodríguez Lozano y Eduardo Rodríguez Calleja –ambos del Regimiento Burgos 36-, y el teniente Emilio Fernández Fernández –de Asalto-, seguramente este también, como los otros dos, de ideología socialista y masón perteneciente a la leonesa Logia Menéndez Pallarés[3]). Se añadía a aquellas tropas la pequeña dotación militar de la Caja de Recluta número 56, cuyo responsable, el comandante de Infantería José Berrocal Carlier, era también afecto a la República (según alguna fuente)[4].  

Existía en León una de las dos Comandancias de la Guardia Civil dependientes del Décimo Tercio, cuya sede radicaba en Oviedo (que acogía a la asturiana, integrada por 8 compañías, 32 líneas y 101 puestos, notablemente ampliada en personal después de octubre de 1934), mandada aquí desde el 13 de junio, en que toma posesión de su jefatura, por el teniente coronel Santiago Alonso Muñoz[5], el único que se mantendrá leal, con tres compañías que sumaban 605 efectivos para toda la provincia (379 de ellos asentados en la capital, en la Comandancia y los cuarteles de San Isidoro y de la travesía de Don Cayo), distribuidos desde sus respectivas cabeceras de Ponferrada, León y Valencia de Don Juan en doce líneas y 57 puestos en total agrupados en torno a los que las encabezan. Contaba además la capital con una compañía del Cuerpo de Seguridad y Asalto (la 38ª, dependiente del 10º Grupo de tres que en Oviedo mandaba el comandante Alfonso Ros), con tres secciones y un total de 180 hombres[6] a cuyo mando estaba desde febrero de 1934, cuando se le destinó a León, el capitán Ramón Rivero Mira –tildado de fascista-, que no acataba el orden constitucional, como tampoco lo hacía el teniente Andrés González García, mientras que si era fiel a su juramento y a la legalidad el teniente Emilio Fernández, en la misma desde su traslado a la capital y en el Regimiento Burgos 36 antes (de quien informarán después ser “de ideas avanzadísimas”, y “afín a las Juventudes Socialistas”).

Astorga 1936. Cuartel de la Guardia Civil  >>>>

El Grupo de Reconocimiento y Bombardeo (o Escuadra de Aviación) nº 21, con base en el aeródromo de la Virgen del Camino, formado por dos escuadrillas con 18 aparatos Bréguet XIX Sexquiplanos (un modelo de 1918) cada una y una Unidad de Servicios (con unos 150 hombres en total entre oficiales, suboficiales, mecánicos y soldados), dependía de la Primera Escuadra Aérea y de la base de Getafe (días antes de la sublevación se había ordenado la concentración de gran número de aviones en Madrid, y allí se hallaba, con otras, una de las dos escuadrillas de León[7]), y a su jefe, el comandante Julián Rubio López, se le presumía leal (no lo sería), pues había participado en la intentona prorrepublicana de Cuatro Vientos el 15 de diciembre de 1930. Cabía sumar a tales recursos armados los miembros del Cuerpo de Investigación y Vigilancia[8] que con los del de Seguridad componían el civil servicio policial. Aquellos contingentes, y otros (unos dos mil hombres entre militares y fuerza pública en la provincia, con reducido armamento y escasa munición y por ello con limitada capacidad de fuego), se incrementarán notablemente después del triunfo del golpe militar con la incorporación de numerosos reservistas y voluntarios. 

Ya en el verano de 1934 la mayoría de los oficiales de Infantería en León, entre ellos el coronel del Regimiento, estaban vinculados a través de la Unión Militar Española (UME) con Falange, que era minoritaria y tenía su sede en un local alquilado por el abogado Luis Crespo Hevia, su dirigente, en la Casa Roldán de la Plaza de la Libertad (“por cuenta del inquilino correrían los daños en caso de producirse un atentado”, constaba en el contrato), siendo la tercera en importancia del país (después de Madrid y Valladolid), con una veintena de militantes entre los que abundan estudiantes de Veterinaria [Blanco, 1977: 104, 121]. Algunos menos (entre doce y diecisiete) eran los falangistas camisas viejas en la ciudad en julio de 1936. Según el informe que en octubre de 1939 firma Ramón Laporta Girón, Jefe provincial de Salamanca, preponderaba el partido Unión Republicana entre los republicanos de izquierdas, los partidos comunista y socialista tenían gran fuerza entre la población minera, por la CNT se inclinaba el elemento obrero de la capital, en el lado de las derechas era hegemónica la CEDA, y en cuanto a Falange, existiendo algunas Jefaturas locales en diversos pueblos de la provincia, su importancia era escasísima, y únicamente en la capital y en tres o cuatro localidades más había señales de su presencia [Mejía Sinclair, 1987: 407]. 

Fuera de León (con un total de 1.050 hombres armados) y Astorga (con unos 380), sólo era significativo el cuartel de la Guardia Civil de Ponferrada, con unos 20 números (se dice, pero debían de ser bastantes más, a juzgar por los presentes en Astorga, ahora de inferior categoría) y a cargo de una compañía -la primera, cuyo jefe era el capitán Román Losada Pérez-, de la que dependen entre otros los puestos de Bembibre y Astorga (cabecera de línea, con 33 guardias). Otra de las tres (la tercera compañía, comandada desde el cuartel de Valencia de Don Juan por el capitán Arturo Marzal Macedo) estaba desplegada en el suroeste de la provincia, en una serie de puestos de los cuales los dependientes de la línea de La Bañeza se asentaban en esta localidad (con 10 números, 2 cabos y 1 teniente contaba el cuartel en noviembre de 1935) y en Destriana, Santa María del Páramo, Alija de los Melones, Nogarejas y Truchas (“con unos cincuenta guardias entre todos ellos en 1936, de Infantería la mayor parte, carentes de vehículos mecánicos y con escasos medios de locomoción”). Existía desde los años veinte un cuartel en Veguellina de Órbigo (se había suprimido al inicio de 1934 el de Benavides, y antes el de Villadangos del Páramo), y en Astorga un pequeño destacamento de Carabineros -Cuerpo armado de orden público, aunque más ocupado en labores aduaneras y fiscales- con cinco efectivos adscritos a la Delegación de Hacienda de León, y unos doce agentes del Cuerpo de Seguridad (a primeros de junio se había aumentado en siete su plantilla), además de tres policías del Cuerpo de Investigación y Vigilancia. Al inicio del pasado marzo había dispuesto el Gobierno del Frente Popular el enésimo desarme de la población civil, que debía de entregar el armamento que poseyera, sin o con licencia[9], en las comandancias y cuarteles de la Guardia Civil, las mismas armas -largas y cortas- que con las requisadas en los meses posteriores se hallarán en abundancia en las unas y los otros de toda España al producirse la sublevación militar, que se negarán a las izquierdas en casi todos los lugares, y se distribuirán entre los derechistas en aquellos en los que el golpe triunfe.

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[1] Proceden en parte los datos de Puente Féliz, Gustavo y Carantoña Álvarez, Francisco [1986-1987: 157].

[2] El cerebro de la rebelión. Falangista ya desde el inicio de 1934. Natural de Navarra, donde la familia Baleztena controlaba la Junta Regional del carlismo. Calificado de monárquico feroz en documentos del Frente Popular de León en marzo de 1936.

[3] No lo fueron los tenientes Felipe Romero Alonso (nacido en 1905 en Benavente, había pasado a la Guardia Civil desde el Regimiento Burgos 36; en agosto será nombrado Jefe de las Milicias), y Eladio Carnicero Herrero, apodado “el Ruso” [Crémer, 1980: 31], que actuará después, ya de comandante, como instructor en procedimientos sumarísimos contra numerosos republicanos leoneses. El general Bosch sería luego depurado “por sus vacilaciones y dudas cuando el Glorioso Movimiento Nacional”, y por no aceptar con el entusiasmo requerido la política posterior y la represión instaurada por los rebeldes, terminando expulsado del Ejército por un Tribunal de Honor al finalizar la guerra, tras ser nombrado el 1 de agosto de 1936 jefe de la Octava División Orgánica, gobernador militar de Ferrol el 24 de septiembre, y pasar en febrero de 1937 a la reserva (ya el 28 de julio de 1936 sería destituido –sin derecho a jubilación- por el Gobierno, al igual que otros jefes y oficiales sublevados).

[4] No lo fue, en realidad. Poco después del golpe militar lo ponían a cargo de las fuerzas policiales leonesas, mandando en octubre tropas “nacionales” en el frente de Somiedo.

[5] De 50 años, natural de Portugalete, reincorporado a ella el 19 de julio desde Madrid y Yepes, en Toledo, lugares en los que disfrutaba desde el 12 de un permiso de 20 días interrumpido entonces. Lo acusarán más tarde de haber arengado a su llegada en junio a los guardias destacados en San Isidoro al revistarlos, diciéndoles que “debían de ser fieles a la República y estar al lado del pueblo soberano”. 

[6] El Cuerpo de Seguridad y Asalto, que incluía los Grupos de Asalto (especialmente instruidos, la élite de este disciplinado cuerpo), contaba con 18.000 efectivos, y en cada provincia se disponía al menos de una compañía de Seguridad y otra de Asalto. Las capitales más cercanas a León en las que había un Grupo de Asalto en cada una eran Valladolid, Oviedo, La Coruña y Burgos. Mientras que la mayoría de los oficiales de la Guardia Civil se rebelaron (en todas partes, excepto en Madrid y Barcelona), los de Asalto tendían a ponerse del lado del vencedor [Alpert, 2007].

[7] El Gobierno reorganizaba las unidades aéreas y sus efectivos, de forma que no quedaran en manos de los sublevados en lugares donde se tenía noticia cierta de su adscripción a la inmediata tentativa. Tres sargentos tripulantes de un aparato de aquella escuadrilla desplazada a Madrid escaparían desde allí en el mismo a Portugal el 21 de julio, tras conocer que su base de pertenencia se ha sumado al golpe militar. “Tres escuadrillas existían en el aeródromo leonés hasta el inicio de la guerra civil”, según González Álvarez, Manuel [2008: 29, 45]. De los efectivos totales, considerados tomando como referencia los de diez años antes (con datos del mismo autor), las tripulaciones de los aparatos de una escuadrilla se encontraban con ellos en Madrid en las fechas de la sublevación.

[8] 23 eran los integrantes de su plantilla en la capital (1 comisario y 2 inspectores, todos de segunda; 17 agentes -8 de primera, 7 de segunda, 1 de tercera, 1 auxiliar-; 1 vigilante conductor de segunda; y 2 opositores agregados voluntarios sin sueldo) que según El Diario de León del 18-08-1936 hacían entonces aportaciones en metálico a la Suscripción Pro Fuerza Pública, Ejército y Milicias Armadas.

[9] El Reglamento de Armas y Explosivos de 1935 había concedido permiso de armas a los miembros de entidades estimadas por el Gobierno radical-cedista como auxiliares en la persecución de criminales y en el mantenimiento del orden (Piñeiro Maceiras, José. “El control estratégico del Bierzo durante la Guerra Civil, las tropas auxiliares de las columnas de Galicia”. Revista Argutorio, nº 21. 2008). Amparados por tal disposición fueron entonces armados numerosos derechistas. También desde marzo las existencias de las armerías debían ser depositadas en las comandancias y cuarteles.

 


Velando por el orden. El 18 de julio de 1936 en La Bañeza.

El 18 de julio de 1936, sábado, amanecía caluroso, y en La Bañeza los concejales de la Gestora municipal frentepopulista que integraban la comisión especial de aguas constituida el 20 de abril y de la que desde el 27 de mayo seguían formando parte además del Interventor municipal, Norberto Ángel Martínez Mielgo (de Izquierda Republicana, natural de Hospital de Órbigo, soltero, de 31 años, perito mercantil; seguramente en esta fecha su plaza estaba ya vacante por hallarse destinado como Jefe interino de la Sección de Presupuestos en la Diputación de Palencia), Porfirio González Manjarín (albañil, de 35 años, casado) y Eugenio Sierra Fernández, a los que se sumaban entonces Isaac Nistal Blanco (de 54 años, casado, socialista como los dos anteriores, albañil y maestro de obras) y Joaquín Perandones Franco (de Unión Republicana, casado, de 30 años, industrial), estaban convocados por la mañana a una reunión en la Casa Consistorial para tratar una vez más de la sempiterna cuestión de la traída de las aguas y la dotación del alcantarillado a la ciudad, que ahora por fin y desde el empuje con que la nueva Corporación había retomado tras el inicio de su mandato el 15 de abril el problemático asunto tanto tiempo pendiente, se veía factible conseguir. Cuando a finales de agosto la Gestora impuesta por los sublevados triunfantes revise la actuación de aquella última Corporación republicana hallarán un recibo por importe de 991,25 pesetas empleadas en el viaje a Madrid en la misma fecha del 18 de julio de una comisión que integraban tres personas, sin que al respecto hayamos encontrado más noticias sobre la identidad de los comisionados o el objeto de su desplazamiento, que, si se inició o se culminó, debió de hacerse en medio de las crecientes dificultades, desajustes y zozobras que ya aquel día se vivían a lo largo del itinerario que precisarían recorrer.

La mañana de aquel sábado aparecía en el semanario La Hojita Parroquial una esquela en la que "un grupo de patriotas bañezanos" invitaba a las gentes de la localidad a los funerales que por el alma de José Calvo Otelo, asesinado en Madrid el día 12, se preveía oficiar en la Iglesia de Santa María el lunes siguiente (se efectuarían con toda solemnidad el 26 de agosto). Algunos viajeros llegados aquella fecha en ferrocarril a La Bañeza quedaron allí atrapados unos días, mientras la situación se decantaba y resolvía, como le sucedió a los padres de Santos Izquierdo de la Torre (que tenía entonces 9 años), desplazados desde A Rúa en el tren correo de Galicia porque eran padrinos de una boda (seguramente la de la señorita Felisa Tagarro González y el joven Severiano Pequeño Bobo –propietario de los Almacenes Bobo-, que se celebraría el día 20 en una ciudad ya bien inquieta y agitada, "en la iglesia y sin ser molestados por nadie"), y de los que no supieron nada más hasta el día 31, cortado por los acontecimientos el tráfico ferroviario que no se restablecerá hasta el 30 de julio, después de ser volado en los primeros días de la sublevación (transcurrida la media tarde del 20) en la línea de Palencia a La Coruña, de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España, el puente del ferrocarril de Valbuena de la Encomienda por jóvenes izquierdistas de los pueblos de la zona.

Estando reunida la bañezana comisión de aguas, en aquella jornada de calor tan bochornoso como había sido la anterior, tuvieron sus componentes noticias no oficiales (que ya durante la pasada noche se habían ido desgranando), pero no por ello menos preocupantes, sobre la sublevación militar iniciada en Marruecos el día antes por la tarde, y de que en Melilla habían ocurrido algunos disturbios (dirá Eugenio Sierra Fernández, originario de Astorga, de cuyo Teatro fue empresario cuando allí y hasta 1931 residió con su familia, de 42 años, casado, secretario en 1928 de la UGT astorgana, tipógrafo en la imprenta bañezana de la Viuda de M. Fernández, al ser interrogado el 28 de julio), por lo que el alcalde, Ángel González González (natural de Saludes de Castroponce, de 51 años, casado, jornalero, socialista, regidor en funciones desde el pasado 20 de mayo, como primer teniente de alcalde que era, tras la dimisión del titular, el veterinario Joaquín Lombó Pollán, de Izquierda Republicana), "ordenó o previno a los empleados municipales al objeto de que no se alterase el orden aquella noche, y que al día siguiente, domingo 19 de julio, fue aceptado por él y por los demás compañeros de la Corporación el ofrecimiento que les hicieron gran número de obreros de esta población para cortar cualquier disturbio y para defender la causa, digo, el poder constituido". Uno de aquellos empleados municipales fue Abraham Bécares Rodríguez (natural de Canales y vecino de La Bañeza, socialista de 29 años, casado, tipógrafo y ocupado en consumos desde el inicio de aquel mes), "requerido por el alcalde cuando realizaba su trabajo en unión de otros compañeros, Valeriano Domínguez Carbajo y Manuel Rubio Antúnez, para que en las horas francas de servicio cumplieran el de vigilancia y mantenimiento del orden dentro y sobre todo en los alrededores de la villa" (declaraba el primero en la misma fecha).

<<<<<  Franco y otros generales rebeldes

El 23 de agosto, interrogado por Pedro Lagarejo Villar, cabo comandante del puesto de la Guardia Civil de La Bañeza ("donde lleva ya tres años destinado, por lo que conoce perfectamente a todo el vecindario", dirá cuando en noviembre testifique contra una buena parte de quienes lo integraban), lo hará José García González, soltero, de 25 años, socialista, también guarda de consumos desde la misma fecha (destinado como los anteriores en la recaudación de arbitrios; sería uno de los varios separados del servicio poco después), quien dice que el día 18 de julio fue llamado a presentarse en el Ayuntamiento por ser empleado del mismo, y le dijo el alcalde Ángel González[1] que tenía que estar de vigilancia, para lo cual el médico Emilio Perandones Franco (socialista, de 28 años de edad, soltero) le proporcionó una pistola, de color aluminio, que tuvo en su poder hasta el lunes día 20 por la noche, en que se la retiró el acalde para devolvérsela a quien se la diera, confiándole a cambio una escopeta para mantener el orden público, con la que estuvo un día completo por la Plaza Mayor (la entregará al cabo de la Guardia Civil el mismo 23 de agosto cuando junto con otros sea detenido).

A medida que llegaban nuevos datos sobre lo que estaba sucediendo en el país, en medio de la preocupación que aquellos generaban en todos, y especialmente entre los directivos, afiliados y simpatizantes de las entidades republicanas e izquierdistas locales, algunos bañezanos se fueron acercando al Consistorio a lo largo del sábado, día 18, para ponerse a disposición de la Corporación y prestarle su apoyo. Así lo hizo Cecilio Toral de la Fuente, de 23 años, soltero, estudiante (lo había sido del cuarto curso de Magisterio, Plan de 1931, en el recién finalizado, y dependiente de comercio en el de Alberto Valderas Castro), secretario de Unión Republicana, partido que como tal formó parte del Frente Popular ("roto en el mes de mayo en La Bañeza por desacuerdo entre las organizaciones que lo integraban", puntualizará en su declaración ante el comandante militar de la Plaza el 14 de agosto, cuando sea uno de los numerosos encausados por los sucesos de "los días de julio"), que se ofrece moralmente, y no materialmente por ser inútil para manejar armas. Alguno entre tantos como serían sumariados por tales sucesos, Mariano Medina Alvarado (que corrobora la ruptura hace dos meses del Frente Popular[2], al que por Izquierda Republicana –IR- dice pertenecer desde las elecciones de febrero), soltero, de 23 años, empleado de banca, asegurará no haber intervenido en ellos entre los días 18 y 21 por haber estado trabajando en las oficinas del Banco Urquijo Vascongado, del que es asalariado "desde hace unos doce años, cuando entró de botones" (es también afiliado de la Asociación de Empleados de Banca, afecta a la UGT).

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[1] Lo apodaban “Chepa González”, propietario del kiosco de prensa que en la Plaza Mayor –al lado del templete- atendía su hijo Ángel, y “quien todas las mañanas, antes de incorporarse a las tareas propias de su cargo en el Ayuntamiento, llevaba personalmente El Debate, La Nación o el ABC a sus abonados” [Méndez Luengo, 1977: 266].

[2] Se habría producido coincidiendo con la dimisión el 20 de mayo del alcalde Joaquín Lombó Pollán y los gestores Toribio González Prieto y Leopoldo Bahillo Melero (ambos también de IR) que con él renunciaron a seguir formando parte de la Comisión Gestora nombrada el 13 de abril por el gobernador civil. Al parecer, también había notables desavenencias y disensiones internas ya desde primeros de abril en IR de León. Joaquín Lombó había militado en el viejo (fundado en 1912) Partido Republicano Autónomo Leonés –o Alianza Republicana- antes del advenimiento de la Segunda República.


Armas, mineros, y mentiras.- El 19 de julio en León.

Había sido la noche del 18 al 19 “la de los miedos largos y los intentos absurdos por enderezar tantísimo entuerto como se estaba produciendo. En la Casa del Pueblo no sabían nada. En el Gobierno Civil lo ignoraban todo. En la calle circulábamos como zombis, como gentes sometidas a los efectos de una droga aniquilante”, dirá tantos años más tarde Victoriano Crémer. El gentío se echa el domingo a la calle para enterarse de la marcha de los acontecimientos, que se presentan amargos y amenazadores para la ciudad que es encrucijada entre las tierras castellanas, gallegas y asturianas. No circulan los trenes, y llegan noticias de que Valladolid se ha sublevado, igual que Salamanca y Burgos, puestas también al lado de los airados desleales. En la capital leonesa el diario La Mañana publica, entre otras noticias (como la del robo de explosivos, cinco kilos de dinamita y uno de pólvora de minas, en un polvorín de Villafranca), algunas notas oficiales dadas durante el día y la noche anteriores por el Gobierno de la República (las mismas que ya recogía la tarde anterior La Democracia), en las que se informa de las detenciones de varios generales, jefes y oficiales comprometidos en la asonada militar, y de que “la policía se ha apoderado de un avión extranjero en el que, según parece, iba a introducirse en España uno de los cabecillas de la sedición”. A primera hora de la mañana anuncia Avance que de Oviedo y con destino a Madrid, vía Valladolid, ha salido un tren especial cargado de mineros. Las gentes van a misa como si nada hubiera sucedido la noche anterior, y cuando se está celebrando en los Agustinos dicen a los asistentes que es preciso salir con orden e irse cada cual para sus casas. 

De paso para la capital de la nación llegaba en torno a las diez de la mañana a la Estación del Norte de León el convoy ferroviario compuesto por los dos trenes (el largo especial y el más corto de vagones sumados a los del tren correo) de mineros asturianos. Su arribo sorprendió a los locales  directivos socialistas, que se felicitan por ello y les dan la bienvenida, y también al general Carlos Bosch y Bosch, máximo responsable militar de la Plaza y la provincia, dispuesto a sublevarse siguiendo el ejemplo de Valladolid y sin esperar ordenes de La Coruña, de donde orgánicamente dependía. Los esperaba, entusiasmada, agradecida y curiosa en medio del revuelo que supone su llegada, mucha gente que los aclama, especialmente los obreros, y también a los que siguiendo una ruta paralela se han adelantado al ferrocarril viniendo en autobuses y camiones y llegados dos horas antes a las inmediaciones de la estación, esperando allí por sus compañeros para desperdigarse después todos por la urbe.  

A unos y otros se sumaron por el camino mineros leoneses de las cuencas transitadas, como se les añadirían otros izquierdistas en León[1] y en las demás localidades en las que en su travesía iban haciendo un alto. La ciudad les pertenece. Hacen primero una demostración de su poder en plena calle (algunos tiran petardos, lo que asusta en el extrarradio a los vecinos, que creen que continúan los disparos de la pasada noche, cesando cuando otros los reprenden). Entran en la población por Ordoño II y ocupan el Bar Central, el Café Victoria y otros bares mientras sus mandos reclaman en el Gobierno Civil “las armas prometidas por el compañero coronel Aranda”. Después en el cuartel de Infantería les suministran pan, chorizo y unas latas de conserva, además de algunos fusiles (mosquetones; no más de unos 200, que les darán más tarde), que no son –ni mucho menos- suficientes para todos, pues los recién llegados son numerosos, y corre la voz de que la Guardia Civil les entregará más. Manda la expedición (unos cinco mil hombres entre las dos columnas, la ferroviaria y la motorizada) el socialista Francisco Martínez Dutor (sargento retirado que ya se había puesto de parte de la revolución en octubre del 34), que trae como ayudante al obrero Luis Bayón.  

La Columna Otero de los cerca de tres mil trabajadores venidos en tren es mandada por quien le da nombre: Manuel Otero Roces, ugetista de Sama de Langreo (caería en febrero de 1937 en una ofensiva sobre el cercado Oviedo), y es Alejandro García Menéndez, teniente de Asalto[2], su jefe de Estado Mayor y quien militarmente la dirige, ayudado por tres guardias del mismo Cuerpo (“salimos al anochecer de La Felguera y llegamos a León por la mañana. Al teniente, el pobre, no le hacía caso ni Dios. Él hacía lo que podía. Nos acompañaba como oficial del Ejército, más que nada”, rememoraba años más tarde José Otero Roces, uno de aquellos mineros. El también teniente de Asalto Francisco Lluch Urbano (de 35 años, procedente de Intendencia) lo es de la Columna Acero de los quinientos que se mueven en camiones[3], y que capitanea el comunista Damián Fernández Calderón. Ni unos ni otros traen muchos fusiles (más de dos tercios de ellos carecen de armamento), pero si abundante dinamita tomada de los polvorines de las minas. El coronel Antonio Aranda les ha dicho que en León, en el depósito militar, les darán armas para luchar en Madrid. De las tres columnas de mineros formadas y enviadas desde Asturias a la capital de la República por aquel militar, una primera habría partido ya el día anterior, a las siete y media de la tarde, desde Gijón en el tren expreso diario que la comunicaba con Madrid para llegar allí en las primeras horas de la mañana del domingo 19 (según dirán algunos, o en la tarde de aquel día, según otros). Las otras dos que alcanzaban ahora León, la formada por dos trenes y la motorizada, habían partido horas más tarde, se juntaban en San Marcos, y los efectivos de Asalto que formaban parte de ellas se reunían con el teniente Emilio Fernández y varios compañeros más de la plantilla leonesa, viéndose también al capitán Eduardo Rodríguez Calleja con ellos y entre los mineros.

Nunca había visto tantos camiones juntos. Permanecieron mucho tiempo detenidos bajo mis balcones (recordará Antonio Gamoneda, que habitaba en el número 4 de la carretera de Zamora), cubriendo aquella desde más allá de las barreras del paso a nivel de las vías hasta el cruce con la carretera de Trobajo. En la mayor parte solo iban milicianos optimistas que cantaban desconcertadamente y bromeaban a gritos de un camión a otro. Serían dos mil o tres mil mineros, algunos con las terribles tramas azules que el grisú había labrado en sus mejillas. Uno de ellos, dando una señal de alegría, disparó al aire, verticalmente, con una pistola que volvió a colocar bajo el cinturón. Un camión tenía una carga cubierta con lonas y, sentado sobre ella, con las piernas colgando fuera de la caja, un muchacho, muy joven, liaba y encendía un cigarrillo. Otro miliciano, hombre ya mayor, se precipitó sobre el chiquillo y lo arrojó al suelo tirándole de las piernas, pateándolo luego con furia al tiempo que lo insultaba con ásperas voces. El muchacho logró levantarse y se alejó con la cabeza gacha. Después alguien dijo que aquel camión estaba cargado de dinamita. 

Los mineros actuaron disciplinadamente, instalaron su cuartel general en el Hotel Oliden, vivaquearon a lo largo del Paseo de la Condesa hasta las proximidades de San Marcos, se diseminaron y circularon armados por las calles (“se veía un fusil Máuser por cada cinco desarmados”) henchidos de fervor obrero y llamando a defender de los facciosos al Frente Popular, y no crearon en ningún momento problemas de orden público, aunque “a las once de la mañana ya se ven algunos con vino tomado en demasía, y por la tarde daban otros muestras de haber bebido copiosamente” (anota algún autor), después de haber comido en aquel convento que era centro de la remonta militar, donde tal vez consumirían los alimentos que el vecino leonés Luciano Santos Díaz -de 31 años, casado- requisó en el almacén de Coloniales de “los Salmantinos”, que asaltó, según declara a finales de septiembre cuando lo multan por ello y lo apresan en el mismo San Marcos, donde tendrá ocasión de actuar de enlace entre los recluidos en unas y otras dependencias gracias al desempeño de su oficio de barbero, y también de ser con otros más acusado de hostil a la causa nacional por dos presos confidentes infiltrados por la Guardia Civil entre los que ocupan una de las celdonas.

Afirma Alfonso Camín que “los mineros se despliegan por la capital leonesa sin cometer el más mínimo atentado. Pagan hasta los cigarrillos. Hay un estanco cuyo dueño o dueña ya está abiertamente con los ‘negros’ (facciosos). No quiere venderles tabaco. Los ‘negros’ -si el estanquillo fuera ‘rojo’- hubieran degollado a la dueña e incautado todas las existencias. Los mineros, no. Los mineros asturianos, bien recontado el tabaco, lo pagan todo a su precio y le dejan sobre el mostrador su cascada de duros de plata gruesa. Eso sí: le obligaron a venderles toda la mercancía. ¡Ingenua venganza que seguramente hizo reír a la dueña oronda o al propietario canoso, regularmente guardias civiles retirados que pronto cogerán un arma para fusilar mineros!” 

Miguel Castaño Quiñones con sus empleados ante los talleres de La Democracia  >>>

Hicieron gestiones los asturianos en la carretera de Trobajo, acompañados por Nicostrato Vela Esteban (de 48 años, casado, veterinario, socialista y miembro de la delegación leonesa de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética), para que se les facilitase comida, y firmó el gobernador civil vales para proporcionarles pan (después de acordarlo con el alcalde y con el gobernador militar general Carlos Bosch y que le encargue este que hable con los patronos panaderos a fin de que –excusados sus empleados de la huelga convocada- se provea a la hambrienta columna de sustento, sopesando darles además bebidas alcohólicas para evitar conflictos y convencerlos mejor de que se fueran, pues se pretende que estén tranquilos y dejen cuanto antes la ciudad), además de solicitar la colaboración del Ayuntamiento para alimentar a los acampados (que no se daría, dirá el alcalde Miguel Castaño Quiñones, a quien aquel la pedía por teléfono; tampoco la Cruz Roja les dio apoyo). Acusarán después a Nicostrato de ser otro de quienes asaltaron entonces la fábrica de embutidos y almacén de coloniales y ultramarinos de “los Salmantinos” Manuel Pablos y Hermanos[4] (oriundos de Béjar), a la que habría llevado en su propio automóvil Ford a un grupo de mineros “que se incautan de 350 latas de chorizos y 27 cajas de conservas con 100 latas cada una”, y a Víctor García Herrero (de 31 años, casado, tesorero del ugetista Sindicato de Banca, contador de la Federación Local de Sociedades Obreras, y empleado del Banco Herrero) de haberse unido a la columna motorizada de asturianos, “a la que proveyó de vales de gasolina con los cuales repostaron los facciosos sus vehículos en los surtidores de la capital”.  

Una y otra requisa (encomendadas por el gobernador civil a una comisión del Frente Popular), lejos de constituir el asalto y la extorsión con que después serán calificadas, debieron de realizarse, como otras en otros lugares, con recibos y garantías de su abono posterior, de igual modo, por cierto, a la que (una de tantas luego) en el mismo almacén y por otros productos harán los sublevados el 31 de julio para la Comisión de Avituallamientos que abastece a sus tropas y milicias. También pasaron los mineros por la Casa del Pueblo, y allí, en medio del extraordinario movimiento producido, los atendieron y les buscaron víveres los miembros de las Juventudes Socialista y Comunista, volviendo a repartirles viandas por la tarde (declaraba –ya preso- Policarpo Muñoz Díaz, de 30 años, casado, capataz agrícola y conserje de la misma). 

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[1] Lo hizo aquí Secundino Rodríguez Díez “el Practicante” (lo era de profesión), nacido en Puente de Villarente en 1903, condenado a muerte y conmutado tras la caída de Asturias, terminando en la guerrilla de Sabero, y ejecutado a garrote en marzo de 1947 con otros dos guerrilleros en el patio de la cárcel de León después de ser apresado un mes antes por planificar y participar en septiembre de 1945 en el secuestro del ingeniero leonés Emilio Zapìco Arriola.

[2] Procedente de Infantería, masón, destinado en 1933 desde Tetuán al Cuartel de Santocildes de Astorga, donde fundaba en julio de aquel año el Triángulo Astúrica, y trasladado por petición propia a la guarnición de Gijón –de donde era natural- desde León el 7 de marzo de aquel año 1936. Firma en aquella fecha como Jefe de la Expedición un “Vale por veinte litros de gasolina para un coche a mi servicio en León” (Sumario 467/36).

[3] Hay gran discordancia según las fuentes en cuanto al número de mineros de las columnas, desde los tres mil del total, a los cuatro mil, cinco mil, e incluso seis mil, y a los dos mil de la columna motorizada. Creemos que pudieran ser entre 2.500 y 3.000 los de la Columna Otero, y en torno a 500 los de la Columna Acero. Dos de los expedicionarios aluden varias veces en el Sumario 168/36 a “cuatro mil y pico o cinco mil asturianos de las cuencas mineras”.

[4] “Para pedir mediante un vale firmado por el gobernador embutidos y conservas para los mineros en aquella fábrica acompañaba al alférez de Asalto (Manuel Lledó Capdepón) el nombrado delegado gubernativo Onofre Gerardo García”, declara este en el Sumario 62/36.

 


León, 20 de julio de 1936. La clave fue el aeródromo.

 La clave fue el Aeródromo[1].-

 El comandante Julián Rubio López (nacido en 1899 en Ciudad Rodrigo e ingresado en Aviación Militar en 1924, después de coincidir con Mola y Franco en las Fuerzas Indígenas Regulares de Marruecos) había tomado el mando del Grupo 21 y de la base aérea de León al inicio de febrero de 1935, y algunos años antes de su fallecimiento en marzo de 1988, contaba en la revista Historia y Vida sus recuerdos de lo acontecido en ella en aquellos cruciales días de julio de 1936:

“Estaba al mando del aeródromo de León, donde habían ocurrido los sucesos de 1934. El entonces jefe del aeródromo, el comandante aviador Ricardo de la Puente Bahamonde (primo del Caudillo, fue fusilado en Ceuta el 4 de agosto de 1936) que había sido condenado, estaba sirviendo su condena allí mismo[2]. El aeródromo fue absolutamente clave. Si no se hubiera sumado al movimiento, los tres mil mineros que bajaban de Asturias y que fueron armados en León, hubieran tenido el apoyo sobre todo moral, porque no teníamos mucho material de aviación, y entonces no sé qué hubiera podido pasar.

La tropa del campo estaba muy trabajada: los soldados eran muy rojos, así que los mandé desplegar porque venían los suyos. Estando allí desplegados, un soldado grito: -¡Nos engañan! ¡Que son ellos los que se quieren sublevar! y se liaron a tiros contra dos oficiales. Entonces salí yo y dije: -Matadme a mí. Pero no querían matarme y les gané la partida. Luego formaron con los fusiles y solo se marchó uno, que se llamaba Emilio Galera (piloto, ametrallador y bombardero). Me alegré mucho, porque era muy rojo, y dentro, con su propaganda, hubiera hecho mucho daño. Yo me dije: -Al enemigo que huye, puente de plata.

Ya no hubo el menor problema, hasta que alguien dijo que había pasado algo en el aeródromo y vino un juez de Galicia. Procesó a unos cuantos suboficiales y a dos oficiales, que no habían hecho más que no querer sumarse al movimiento, aunque luego, de hecho, se sumaron. Esto es importante, porque nos olvidamos de que los sublevados éramos nosotros, ¡no ellos![3]

A los suboficiales les dieron penas muy fuertes y a los dos oficiales los condenaron a muerte. Yo no podía aceptar eso. Me fui a ver al general Mola, al que conocía mucho porque había estado con él en los Regulares, y él me quería mucho. De rodillas le pedí que no mataran a esos dos oficiales. Y los perdonó. Uno de ellos vive todavía.

<<<<  Avión Bf-109E de la Legión Cóndor en el aeródromo de León-Virgen del Camino

Yo no conspiré contra nada, en absoluto. Los demás oficiales quizás lo supieran (del complot para alzarse), pero yo no... Yo me sublevé al grito de ¡Viva la República! Es más, aquella noche vino una señora de León para decirme que quitara la bandera republicana que estaba puesta y que izara la enseña rojigualda. Yo me negué. Entonces llamé a Burgos al general Mola, con quien tenía confianza, y le conté lo que había pasado. Me dijo que había hecho bien, pero a las pocas horas me volvió a llamar él, para decirme que, efectivamente, quitara la bandera republicana. Pero el alzamiento no fue contra la República, sino contra aquel Gobierno, contra aquellos que querían desestabilizar a España, contra el comunismo. De hecho yo fui testigo de cómo el general Mola le dijo a Don Juan de Borbón en Aranda de Duero que se marchara, porque no quería dar la impresión de que este era un movimiento a favor de la monarquía otra vez...., aunque luego ha venido”.

Afirma el investigador Rafael de Madariaga (capitán de Aviación) en la fuente citada que los sucesos en el aeródromo de León durante los primeros y decisivos días de la guerra fueron tan confusos como en el resto de las ciudades y acuartelamientos militares aquellas jornadas. En este caso, tanto los mandos militares del Regimiento de Infantería Burgos 36, como el jefe del aeródromo y del Grupo de Reconocimiento 21 (este con una calculada indecisión), trataron, con éxito final, de desviar la atención y hacer retroceder hacia Asturias o avanzar hacia Madrid a las fuerzas revolucionarias que amenazaban con permanecer en León y en el campo de aviación (cuya dotación de efectivos y aparatos es también imprecisa, contando el Grupo 21 que albergaba –según este autor- con unos 17 aviones y algunos agregados en el Grupo 23 de Logroño).

Las añagazas, fintas e iniciativas tomadas por ambos jefes, apoyados por la mayoría de los demás jefes y oficiales de la base y acuartelamientos de León, así como la falta de decisión o de liderazgo de los pocos oficiales, suboficiales y tropa que habían secundado un apoyo leal y decidido a las fuerzas de la República, completaron finalmente la posesión de la ciudad y de los establecimientos militares en manos de los rebeldes.

Es de destacar que la postura del comandante de la base aérea, Julián Rubio, fue durante días objeto de la mayor preocupación para los conspiradores de Aviación, que le presionaban continuamente. También ha habido las mayores especulaciones en estudios posteriores, acerca de la importante decisión de ponerse de parte de los insurrectos, teniendo en cuenta que según su propia versión de los hechos, a pesar de ser amigo personal de Mola, no había participado en los contactos previos entre los conjurados, y la mayor parte de los gubernamentales lo consideraban como republicano convencido. Toda la demora en manifestar su inclinación final pareció deberse exclusivamente a una estratagema bien planeada, que al final triunfó plenamente.

En la noche del 17 al 18 de julio llegaron las primeras noticias del alzamiento del Ejército de África. El 18 se está a la expectativa en León, pero el día 19 la ciudad es invadida por los mineros de Mieres y Langreo, que establecen su cuartel general en el Bar Central de la Plaza de Santo Domingo. El mismo 19 de julio, el comandante Julián Rubio recibía en la base aérea la visita del general Juan José García Gómez-Caminero, que le impulsaba a entregar fusiles a los mineros, al tiempo que se congratula de que León se mantenga afecto a la República. Julián Rubio consiguió alejar cualquier sospecha y al mismo tiempo persistió firme en la necesidad de su armamento para la defensa del aeródromo. El capitán de Aviación Vicente Eyaralar Almazán fue comisionado para recoger a primera hora del día siguiente en el Hotel Oliden y llevar volando a Madrid al general Gómez-Caminero (“que había interpretado el silencio del Ejército como señal de lealtad a la República”, se dirá en la Historia de la Cruzada, tratando de encubrir el engaño, la felonía y el perjurio de los sublevados).

Julián Rubio con Vicente Eyaralar se traslada el sábado 19 al Gobierno Militar (en la avenida Padre Isla, unos metros más allá del surtidor de gasolina de Auto Salón, propiedad de Pallarés), donde el general Bosch recibe la seguridad de contar con el aeródromo, pero su jefe le pide paciencia hasta que los mineros se alejen de León. En la mañana del 20 de julio hay cierta inquietud en la base, observándose reuniones de los suboficiales revolucionarios, que habían previamente distribuido los servicios del día entre sus adeptos. El comandante Rubio envió a los capitanes (ambos pilotos observadores) Ricardo Conejos Manet y Manuel Bazán Buitrago a León, para mantener nuevos contactos con la Comandancia Militar. Regresan poco después con la noticia de la decisión por parte de la guarnición de la ciudad de sublevarse y la petición de que sobrevuelen la ciudad algunos aviones para apoyar la declaración del estado de sitio.

Aeródromo de León. Restos de avión Heinkel accidentado. Fotografía tomada por soldado alemán de la Legión Cóndor

Al reunir en ese momento a los suboficiales, algunos de ellos se manifiestan en contra de unirse al golpe militar, aunque Julián Rubio les ofrece algo de tiempo para reflexionar. Se produce una escaramuza en la cual llega a peligrar la vida de algunos oficiales como los tenientes pilotos observadores Javier Murcia Rubio y Enrique Cárdenas Rodríguez, ante la actitud decidida del sargento Emilio Galera y de un grupo de tropa, que cerca al teniente Luis Polo Polo (piloto bombardero que debió de mantenerse leal, pues será después preso en San Marcos). Finalmente el comandante Rubio con su postura decidida consigue dominar el incipiente motín, con el apoyo de la 3ª Compañía del Regimiento Burgos 36 de León, al mando del capitán Antonio Cosido, que llegó desde la capital en tres o cuatro camionetas. Los grupos que se oponían a la sedición se dispersaron hacia la vaguada norte del aeródromo y los principales opositores, los pilotos bombarderos sargentos Emilio Galera y José Cuartero[4] y el cabo mecánico Leandro Orive Cantera huyeron a Portugal en uno de los aviones.

La firmeza con la que se había procedido a mediodía del 20 de julio dio su fruto, y terminó con una hora de fuertes enfrentamientos, quedando definitivamente en poder de los sublevados el aeródromo leonés (adelantándose en un par de horas al levantamiento de las fuerzas militares de la capital). Parte de la 3ª Compañía de Infantería permaneció unas horas más en la base aérea para garantizar el orden si fuera necesario. El sobrevuelo de aviones en León fue luego decisivo para la rendición de las autoridades republicanas de la ciudad, que a partir de la tarde de aquel día quedaba sometida al general Carlos Bosch y Bosch, el coronel Vicente Lafuente Lafuente-Baletzena y el comandante Julián Rubio Lopez, que habían actuado con gran prudencia y decisión.

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[1] Seguimos en este apartado lo expuesto por Madariaga Fernández, Rafael de, en “El aeródromo de León”. Revista Aeroplano, nº 18. Año 2000.

[2] En realidad, estaba destinado desde el 6 de abril de 1936 como jefe de las Fuerzas Aéreas de Marruecos y al mando del campo de aviación Sania Ramel de Tetuán, después de ser amnistiado y rehabilitado tras el triunfo electoral en febrero del Frente Popular. Por su pasividad en el aeródromo leonés en octubre de 1934 fue cesado el día 7 del mismo mes, trasladado a Madrid primero, y luego pasado a la situación de disponible gubernativo en la 8ª División Orgánica, sumariado y condenado a pena de muerte después conmutada. Resistió en la madrugada del 18 de julio con otros 25 leales a los sublevados en la base que mandaba, y, derrotado, el 4 de agosto sería ajusticiado acusado de traición.

[3] “El comandante Julián Rubio López consiguió sumar el aeródromo al Alzamiento, pese a ser un reducto de izquierdismo, avanzando sobre su tropa insumisa, ordenando y exigiendo con arrojo: -Canallas, cobardes, estáis deshonrando el uniforme. ¡A formar inmediatamente y con toda corrección! Así el aeródromo y León se sumaron a la Causa de España” (había escrito Joaquín Arrarás en 1939).

[4] Los tres volverían desde allí para luchar por la República. Emilio Galera Macías, natural de Jaén, actuando en todos los frentes durante la guerra que ahora comenzaba. A su término pasó a Francia y de allí a Inglaterra, donde fue piloto de la británica RAF en la II Guerra Mundial. Casado con Delia de la Puente de la Infiesta, de la que tuvo un hijo, detenido y encarcelado junto con su madre como rehenes desde finales de octubre en San Marcos. Desde 1976 visitaba con frecuencia a su familia en León. El matrimonio falleció en 1986 en Inglaterra. José Cuartero Pozo (también se apresó a su esposa, Carmen Díez González) murió como capitán el 12 de marzo de 1937 en la batalla de Guadalajara al explotar en el despegue las bombas del avión ruso que pilotaba. Leandro Orive sobrevivió a la guerra, falleciendo al inicio de los años 80.

 


El golpe militar de julio de 1936 en Astorga.

En la localidad de Villagatón, cercana a Astorga, se presentaba en los primeros días de "los sucesos de julio" una camioneta procedente de Torre del Bierzo con gentes que buscaban víveres y hombres que sumar a la sofocación del movimiento rebelde contra el legítimo Gobierno de Madrid, y los auxilió activamente, animando a los vecinos a colaborar y a que entregasen alimentos, el maestro del pueblo, Veremundo Núñez Álvarez, de Unión Republicana (de 27 años, casado, sería después depurado y represaliado, condenado a 20 años de prisión en los penales de Pamplona –Fuerte de San Cristóbal- y Orduña), que "en compañía de un chico de Astorga, moreno y vestido de negro, había dirigido allí la propaganda de la izquierda en las pasadas elecciones generales de febrero", declara un año más tarde el labrador del mismo pueblo Porfirio González Fernández (de 23 años, casado), detenido y encausado con otros en el Sumario 65/37. En la misma causa se recoge la declaración como testigo, el 10 de abril, del médico de Brañuelas, Cándido García Arias (de 42 años, soltero), afirmando que en aquella campaña electoral dio mítines por los pueblos del término el citado maestro, "acompañado en Los Barrios de Nistoso por el Porfirio González, y en otros lugares y ocasiones por dos comunistas, de Torre uno y de Ponferrada el otro", además de acompañarlo otras veces los señores Ramiro Armesto, de León, e Ildefonso Cortés, de Astorga. Once paseados aparecerían en los primeros meses de la guerra en los campos del municipio minero de Villagatón, de pasadas querencias izquierdistas. También se paseó al maestro de Valdespino de Somoza Diego García Román (de 48 años, casado, natural de Tabuyo del Monte) el 7 de octubre de 1936 en Roperuelos del Páramo, en una cuneta de la carretera de Valderas.

En la tarde del sábado 18 de julio de 1936, como preparación para la bendición de la bandera de la Juventud Masculina de Acción Católica de Puerta de Rey del día siguiente (de la que era madrina la joven Anunciación Abella, una de las hijas de la viuda dueña del Hotel Iberia), hubo en Astorga diversos actos religiosos: sabatina, exposición, y bendición con el Santísimo. Estaba previsto celebrar el domingo 19 una misa dialogada a las ocho de la mañana y otra solemne a las diez con la consagración del estandarte por el Vicario General de la diócesis. El presidente de la pía asociación había recibido aviso de presentarse al alcalde, y al acabar los cultos del sábado fue al Ayuntamiento, prohibiendo el regidor los actos ya dispuestos para la jornada siguiente en la Casa Social Católica a las seis de la tarde.

Al conocerse en la ciudad maragata la declaración del estado de guerra en las plazas de África el día 17 y en algunas de la península el siguiente, los elementos adictos al Frente Popular se armaron y establecieron servicios de guardia, patrulla y vigilancia en los sitios estratégicos y en las cercanías del cuartel de la Guardia Civil, y reunidos en el Consistorio el 18 de julio por la noche, después de que por teléfono recibiera el alcalde orden del gobernador civil de defender por todos los medios la República, toman el acuerdo de requisar las armas existentes tanto en los domicilios particulares como en los establecimientos –armerías- de la localidad (afirmará el fiscal en el consejo de guerra sumarísimo que el 3 de febrero de 1937 juzga en el Cuartel de Santocildes a los 19 procesados en la Causa 427/36, como pieza separada de la 241/36 que se incoa contra 47 astorganos), además de incautarse de cuantos medios de transporte hubiera en la ciudad, como se hizo con los coches propiedad de Marcelino del Palacio Rodríguez. Los jefes militares de la Plaza de Astorga, llamados por el alcalde Miguel Carro Verdejo (de 42 años, soltero, empleado de Correos) comparecieron en el Ayuntamiento y bajo palabra de honor le aseguraron que no se iban a sublevar contra el Gobierno, al que eran leales (según aseguró el regidor, en capilla, poco antes de ser ejecutado a las cinco y media de la madrugada del 16 de agosto, a sus hermanas y primos, José y Miguel Carro Fernández, presos también estos, a todos los cuales se les permitió despedirse de él antes de ponerlo frente al pelotón de fusilamiento; hasta dos veces más le aseguraron por teléfono aquellos días mantener su juramento de fidelidad a la República).

En la Casa Consistorial también se presentaron entonces espontáneamente algunos, como Juan Bautista Galisteo Ortiz (natural de Carcabuey, era desde 1921 encargado en el taller de Gráficas Ortiz, con cuyo dueño –José Ortiz Sicilia- compartía los mismos orígenes cordobeses), "dispuesto a defenderla contra los fascistas si era necesario, al que se facilitaría una pistola" –que escondía en aquel taller más tarde, y en el que la policía luego la encontraba-, o Antonio Guijarro Alonso (de 25 años, soltero, albañil, socialista), a quien entregaron una escopeta con la que anduvo vigilando por la calle hasta el día 19. El viernes 17 por la tarde el médico Ildefonso Cortés Rivas, personado ya el día antes en el Consistorio para ponerse a disposición de la alcaldía, hacía traer allí la radio de su casa, transcribiendo las noticias que por la misma se emitían y colocándolas en pasquines en sus puertas para que el pueblo estuviera al corriente de las disposiciones del Gobierno.

Sobre las diez de la noche de aquel 18 de julio llegaba a Astorga en automóvil procedente de Santa Colomba de Somoza Frutos Martínez Juárez, derechista que había formado parte de los detenidos en la prisión astorgana a la mitad del pasado mes de abril, uno de los hermanos del sacerdote y diputado por la CEDA Pedro Martínez Juárez, parando en las inmediaciones del Café Central, en cuyo punto se le acercó un grupo de siete u ocho individuos armados "que decían que se registraba su coche, o se quemaba". Ocultó el cacheado la pistola que llevaba, de su propiedad y con licencia y guía, bajo un asiento del vehículo, y lo mismo hizo el obrero Isaías Natal Domínguez (que al parecer lo acompañaba), y pretextando tomar café abandonaron el auto en tanto el grupo emprendía su registro –y en el mismo hallaban dos o tres pistolas, que depositan en el Ayuntamiento-, dirigiéndose al Bar Abella (en la plaza de Santocildes), desde donde por las calles y ocultándose se encaminó a la carretera Astorga-León, refugiándose en la casa de un tal Cuervo[a], haciendo tiempo hasta la llegada del tren expreso de Galicia, caminando entonces hasta la estación, en la que fue de nuevo detenido por otros siete u ocho hombres (no conoció a ninguno de ellos, de los que uno portaba tercerola y los demás pistola) que le preguntaron "si era el que había venido de Santa Colomba", y como les respondió que no lo era lo dejaron seguir, tomando el tren hacia Veguellina de Órbigo, peripecia que contará cuando el 6 de octubre declare como testigo en el Sumario 684/36 instruido por los sucesos de aquellos días en la villa ribereña.

Arribaba también con sus dos acompañantes a la ciudad maragata aquella noche, desde Lugo y siguiendo el recorrido que lo había llevado antes a Orense, el general inspector García Gómez-Caminero, quien desde allí y por telégrafo, además de dirigirse al comandante militar de León ordenándole la entrega de armamento a la expedición de mineros asturianos ya en camino, escribía al ministerio de la Guerra que lo enviara en aquella fallida misión de asegurar las lealtades militares en las tres Divisiones a su cargo: "Acabo de llegar a Astorga. Me propongo visitar la guarnición mañana. 19 continuaré a León. Aguardo órdenes". Así lo haría, saliendo para la capital al día siguiente, después de revistar en el Cuartel de Santocildes a las tropas, y de que el regidor lo informara personalmente de la situación en la ciudad y de las medidas que en defensa del régimen y del orden público había adoptado en ella.

El alcalde, "como delegado de Orden Público durante el estado de alarma" prorrogado de nuevo una semana antes, ordenó por escrito al inspector jefe de la Comisaría de Investigación y Vigilancia Santiago Calvo González requisar las armas disponibles en la población (después de recibir sobre la medianoche del día 18 del gobernador civil orden de hacerlo[b]), incautación que se realizó por varios policías, siempre con entrega de recibo y según su exclusivo criterio, y que presenciaron algunos paisanos que los acompañaban, como el citado José Carro Fernández, Rafael Fuertes Martínez, Juan Prieto Panizo, y Pablo del Palacio Mosquera ("como testigos, o vigilándolos, acaso por la desconfianza de los elementos izquierdistas dirigentes en la actuación de éstos", afirmarán los abogados defensores, en una exculpación no pedida del proceder de los agentes policiales astorganos). Las armas requisadas se guardaron bajo llave en el salón de sesiones del Ayuntamiento, a excepción de algunas escopetas de las retiradas a particulares, que se proporcionaron también bajo recibo a los izquierdistas integrantes de las patrullas, gestionado y escriturado todo ello por el empleado municipal Euquerio Cansado Cansado, seguramente con la ayuda de Jesusa Carro, la hermana del regidor, y algunos otros.

También por orden del alcalde "se dejó de trabajar" aquellas fechas, declara el testigo Luis Nistal Alonso (afirma otro que se trabajó todos los días en la estación de la Compañía Nacional de los Ferrocarriles del Oeste), y testifica Manuel Miranda (del Teatro Gullón) que "antes de los sucesos del día 20 –tampoco se trabajó aquel día- la vida en la ciudad era normal", y que "no tiene conocimiento de que anteriormente a aquellos se hayan cometido otros desmanes más que la detención de elementos derechistas", añadiendo que "se enteró más tarde de que, al parecer, existía el propósito de ejecutar a todos los detenidos de derechas, pero que no puede asegurar si era cierto". Falsedad que como la de las listas negras[c] (tampoco se probó nunca que existiera en León la que según acusaba ante los sediciosos el abogado Enrique Gómez Argüello se habría elaborado en los talleres del diario socialista La Democracia) o el previsto golpe de Estado comunista para el 29 de julio (según el 16 de agosto dirá Mola) ya está operando cuando en febrero de 1937 deponen los testigos como justificación de la sublevación anticipada y preventiva de los rebeldes, que bien pronto falsificarían documentos en su esfuerzo por probar que se había programado una toma comunista del poder para el mes de agosto (al parecer las fechas prevenidas eran varias), lo que resultaba ser una absoluta falacia[d], como muestra la opinión del conspirador monárquico Pedro Sainz Rodríguez manifestando a primeros de mayo en una carta: "cada semana que pasa creo más difícil la revolución de tipo soviético", y que el 11 de julio (dos días antes de su asesinato), entrevistado por un periodista argentino, opinara Calvo Sotelo que "existía menor riesgo de que se produjese otra insurrección izquierdista que el habido el pasado febrero", y ciertamente, ninguno de los partidos revolucionarios planeaba semejante situación en un futuro inmediato, ni existió plan concreto izquierdista alguno para apoderarse del Gobierno y convertir España en colonia de Rusia (que hasta primeros de septiembre no contará aquí con embajada[e]), además de que, contra lo que alguien como Winston S. Churchill afirmará después en sus Memorias, si los comunistas –cuatro gatos- y los anarquistas –un verdadero desorden- estuviesen planeando sus revoluciones, no habrían sido sorprendidos, desarmados y sin preparación, por el alzamiento militar [Blanco, Santiago1977: 270].

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[a] Una de las once mujeres astorganas multadas con 50 pesetas a mediados de mayo por dar gritos subversivos celebrando la excarcelación de sus hijos fascistas había sido Sabina Cuervo, y María Andrés Cuervo una de las 34 jóvenes que lo habían sido en julio de 1932 por gritar a favor de la Monarquía y contra la República.

[b]En virtud de orden gubernativa y a los efectos de poder defender la República, amenazada gravemente en estos momentos por elementos facciosos, tanto ante la probabilidad de que puedan necesitarse y para poder hacer uso de ellas en el momento oportuno, como para evitar el peligro de un posible asalto a su establecimiento de tales elementos”, se dice en los oficios del alcalde que ordenan el 19 de julio la requisa de armamento y municiones en las dos armerías de la ciudad.

[c] Se dijo que “encabezaban la lista de los que iban a ser asesinados por los rojos el obispo, los de Gullón, y la familia de Romero, el oficial de la Marina”, Se trataba de Manuel Romero Barrero, gaditano esposado con la astorgana Victorina Miguélez de la Torre, de paso aquellos días en Astorga, llegado con su mujer e hijos el 13 de julio de Madrid camino de Vigo, donde después sería comandante naval (Isla, Lala. Las rendijas de la desmemoria. León. Ediciones del Lobo Sapiens. 2018).

[d] Los “documentos secretos comunistas” formaron parte de la trama golpista, destinados a sembrar el temor y la indignación en ambientes derechistas y militares, en los que circularon copias con profusión desde mayo de 1936, hasta el punto de que el diario socialista Claridad los publicó el 20 de aquel mes para ridiculizarlos. Después, en agosto de 1936 y julio de 1937, el conservador y profascista cardenal Gomá recogió algunos fragmentos de ellos en su Informe acerca del levantamiento cívico-militar de España en julio de 1936 y en la Carta colectiva del episcopado español a los obispos de todo el mundo, y en el primero además la mentira de que “según tales documentos, en poder de los insurgentes, el 20 de julio debía estallar el movimiento comunista” [Casanova, Julián 2013]. Las justificaciones del golpe militar fueron previas al mismo, se robustecieron durante la guerra, se explayaron desde los años cuarenta, y se incrustaron en la mente de los niños y los bachilleres, asegurando su perdurabilidad en ciertos sectores sociales hasta hoy (asegura el historiador Ángel Viñas en su blog el 15-03-2016).

[e] [Payne, Stanley 2006: 196, 207, 213]. Cámara, Manuel de la. “Las relaciones entre España y la Federación Rusa”. Anuario Internacional CIDOB 2010. p. 451. Ni antes, ni durante, ni al final de la contienda se pretendió desde la Unión Soviética el control militar, económico o político de la República española, según se muestra, irrefutablemente, en Puigsech Farràs, Josep. Falsa leyenda del Kremlin. El consulado y la URSS en la Guerra Civil española. Madrid. Biblioteca Nueva. 2014, así como en [Viñas, Ángel ed. 2012]. La guerra española sorprendió a los rusos, que no estaban preparados para ella, y llegó en mal momento para las alianzas nacionales de su política exterior, según el diario secreto de su embajador en Londres entre 1932 y 1943 que ahora se publica (Mariñosa, Héctor. “La guerra civil que sorprendió a la URSS”. Diario de León. Filandón. 29-10-2017).


Julio de 1936. La defensa de la República en El Bierzo.

En Cacabelos.

 Regresado del Bierzo el gobernador civil el viernes 17 de julio por la noche, Ramiro Armesto Armesto, que lo había acompañado (con su esposa, Sofía Pérez, y el Delegado de Trabajo), tras haber pasado el sábado con su família política en Sobrado, ya de vuelta a León hacía a media mañana del domingo 19 una parada con su mujer en Cacabelos, y al subir a los altos de la villa ordenaba a los afiliados del Frente Popular de la misma y los pueblos cercanos su movilización para sofocar el movimiento militar, de cuya extensión continuaban llegando noticias también por aquellas latitudes. Después, en el Ayuntamiento, ante un grupo de unos veinte hombres, quedando otro fuera, acompañado por José Núñez y José Arias daba a los frentepopulistas orden de prepararse contra la sublevación iniciada, armarse y tomar toda clase de medidas, “porque estamos en peligro y es este un asunto muy grave”, saliendo a continuación los que lo escuchaban camino de Fabero y Toral de los Vados, pueblo al que el presidente de la Diputación llamaba por teléfono, además de a Villafranca y Ponferrada, ordenando que los marxistas se echaran a las calles contra el Ejército, y mandando luego en un coche gente a Fabero y Vega de Espinaredo. En la noche de aquel día y al amanecer del siguiente, lunes 20, salía un numeroso grupo de elementos rojos de la localidad y sus aledañas camino de Ponferrada “para combatir a la Guardia Civil allí concentrada” (se afirma el 21 de septiembre[1] en el Sumario 794/36, aunque en realidad por el momento se trataba tan solo de reunirse en la ciudad, como lo estaban haciendo republicanos e izquierdistas de toda la región).  

El alcalde, Ricardo Basante Arias (nacido en 1889, labrador, condenado por rebelión a 12 años de encierro, en la Prisión Central de Burgos), el destacado socialista y médico Genadio Núñez Antón (de la Asistencia Pública Domiciliaria, de 48 años, separado definitivamente del servicio en julio de 1937, sufriría igual pena que el regidor, él en la Prisión Central-Cuartel de Santocildes de Astorga), su hijo José Núñez Pérez (de 26 años, condenado a muerte, sería fusilado en Villafranca el 21 de septiembre), el también médico Jesús Marote Diaz (nacido en 1909, estudiante en Valladolid y licenciado en Madrid en 1935, terminaría exiliado en Argentina), reputado junto al anterior como jefes de la agrupación comunista, José Arias Vázquez, secretario de la misma y miembro del Socorro Rojo Internacional, asumieron el 20 de julio la resistencia al Ejército, reuniéndose en el salón del Consistorio, dando instrucciones a la gente armada que andaba por las calles y que pasaba con frecuencia por la sala de sesiones de registrar las casas de los vecinos de derechas para retirarles las armas y con ellas armar a las milicias marxistas, y actuando de enlaces con Ponferrada. También “se requisaron automóviles y se firmaron vales de gasolina para el servicio de la revolución” (se dirá en la sentencia del Sumario).

 Daba el regidor (“al que culpaban los demás de negligencia por no haber evitado el que se colgara días antes una bandera monárquica en el balcón del Ayuntamiento, marginándolo por ello de las decisiones adoptadas”), después de negarse primero ante las presiones que para ello le hace José Núñez, por la tarde un bando que obligaba a la entrega del armamento que se poseyera, ocupándose de recogerlo grupos armados con brazaletes rojos dirigidos por José Núñez que lo depositaban en la Secretaría del Ayuntamiento, ordenando el alcalde que permaneciera allí sin que nadie lo tomara, aunque lo cogieron al poco los que iban y venían por la Casa Consistorial, desde la que a menudo hablaban entonces con Ponferrada usando claves y contraseñas, lo que también hacía el martes 21 por la mañana Jacinto Rueda Pérez, dirigente minero de Fabero, para preguntar por dónde había de entrar allí con la gente armada que lo acompañaba.

<<<< Antiguo cuartel de la Guardia Civil en Ponferrada

Ya en la tarde del día 20, en el auto de don Genadio se hicieron varios viajes a Ponferrada, turnándose en ellos el dueño del coche, su hijo, el secretario municipal (José Santiago Fernández, representante de Unión Republicana en el Frente Popular local[2]), el doctor Jesús Marote, y José Arias –este esgrimiendo una pistola-, y en la noche del mismo día al 21 también se desplazó un grupo armado en una camioneta. Se apeaban a sus regresos frente al Consistorio, y allí acudían los individuos armados y con brazalete que patrullaban y hacían guardia por las calles para conocer de las contingencias de la lucha entablada en la ciudad entre guardias civiles y mineros, comentando sobre las dos de la madrugada del martes que “de no tomarse pronto el cuartel habría que huir enseguida”, tras lo que, una hora o dos más tarde una camioneta de José Palacios cargaba gasolina y con quince o veinte elementos armados salía de Cacabelos para sumarse en la cercana ciudad al combate contra la Benemérita. Cuando a las doce de la mañana del martes 21 de julio el escribiente Antonio Costero (que con Manuel Luna testifica sobre aquellos hechos y sus protagonistas) vuelve al Ayuntamiento, ya habían escapado todos ellos. 

No tardaban en presentarse en la localidad las fuerzas que, mandadas por el comandante Manso, desde Lugo marchaban sobre Ponferrada, y cuando tras ocuparla sin que nadie se opusiera retoman el camino para conquistar la capital del Bierzo y librarla de los mineros que aún combaten contra la cercada Benemérita, a su salida tienen un enfrentamiento con un grupo de mineros cenetistas de Fabero –“a los que se tomó un camión de dinamita, armamento y municiones y se les hizo cuatro bajas”- encabezados por Lorenzo García Silva (de 30 años, apresado y fusilado en León el 13 de agosto) y el maestro Jacinto Rueda Pérez, responsable este de su Comité de Defensa, quien, fracasado el intento de oponerse a los sediciosos, y capturado por ellos, logrará zafarse y huir a Asturias por el monte (también escaparía al final de la guerra del Campo de Concentración de Albatera, para terminar falleciendo en octubre de 1947 en el hospital de San Antonio Abad de León, en cuya Prisión Provincial estaba preso desde dos años antes). 

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[1] Por el escribiente Antonio Costero Vázquez y el empleado municipal Manuel Luna González (de 37 años, casado), ambos derechistas, de quienes proceden en el Sumario al que se alude las acusaciones y el relato que sigue. En acta notarial extendida el 9 de octubre niega tales extremos Julia Pardiñas Sala, hija del general Pardiñas, que junto con el conductor del coche, José Núñez, acompañaba a Ramiro Armesto y su esposa desde Cacabelos, afirmando “no saber entonces todavía nada del alzamiento, no haber realizado allí acto político alguno, ni haber visto a los mineros”. El automóvil sería el del padre del chofer, Genadio Núñez, con el que debió de regresar a aquella villa el mismo día 19.

[2] Del que formaban además parte Baldomero López Costero, Joaquín Martínez López, César Sánchez Chicarro, y Benito Carballo Pérez. A los tres anteriores, a ellos, y a 15 vecinos más de Cacabelos entonces en ignorado paradero (entre los que se cuenta una mujer: Hortensia Castaño Chicarro) los emplazaba por requisitoria del 28 de diciembre de 1936 el juez militar de Ponferrada, Carlos Álvarez Martínez, a comparecer en la Comandancia Militar, encausados todos por rebelión (BOPL de 8 de enero de 1937).  


20 de julio de 1936. Se alza Valencia de Don Juan. 

El 18 de febrero de 1937, cuando los sublevados ejecutan una especie de segunda vuelta o repesca en la represión, que recuperan para aplicársela a muchos de quienes a duras penas habían conseguido ir sorteándola hasta entonces, en Coyanza (así se nombrará también desde 1939 la villa, en la que no hubo en los anteriores años republicanos serios conflictos ni estridencias graves[1]) el guardia civil primero Primitivo Calzada Rodríguez, de la tercera compañía de la Comandancia de la Benemérita de León, encargado del puesto de la localidad, recibe del delegado gubernativo de Valencia de Don Juan una relación de individuos de izquierda que ejercieron cargos en la Comisión Gestora municipal frentepopulista unos, y fueron otros significados propagandistas de aquella ideología y del Frente Popular “antes del Movimiento Salvador de España”, a los que debe de apresar e interrogar, iniciando con ello el atestado y las diligencias que darán lugar al Sumario 231/37. Se acompaña para ello en la tarde de aquel día por los guardias segundos Ángel Sánchez del Amo (apodado “Angelote” por su corpulencia, empleado además de acomodador en el Cine), Serapio Ruano Barrientos (que vivía en la plaza de toros), Joaquín Rodríguez Pérez, Antonio Artigues Montserrat, y el corneta Argimiro Astorga Núñez (conocido por “Guerrilla”), y detienen entre todos a Justo Ortega Casado, de 48 años, de oficio chocolatero, natural de Villamañán y vecino de Valencia de Don Juan, casado, gestor en el Ayuntamiento (segundo teniente de alcalde) y vocal en el Frente Popular local “durante los primeros siete u ocho meses desde su constitución y “después solamente socio del mismo” hasta la sublevación militar, contra la que no realizó –dice- actuación alguna.

Había habido en la primera semana de julio de 1936 rumores sobre la huelga que proyectaban realizar los jornaleros del campo coyantinos, y antes de que el levantamiento se materializara en la población, su alcalde hablaba el día 18 con el gobernador civil, solicitándole las noticias que él pudiera tener del movimiento iniciado el día anterior, y el domingo 19 dos coches se desplazaban de Coyanza buscando armas en León, que no debieron de conseguir, o que, al menos allí no llegaron (declararía Antonio García Pérez, joven vecino socialista en el Sumario 120/36).

Tampoco participó en ninguna actividad contraria al movimiento nacional, según su declaración, Francisco Pérez Gallego, de 27 años, casado, albañil, natural y vecino de la villa, gestor municipal y perteneciente al Centro Obrero socialista, al que se detuvo y se interrogó a continuación. Fue también detenido e interrogado Urbano Mayo Andrés, de 29 años, soltero, nacido y domiciliado en el lugar, afiliado a Izquierda Republicana, quien manifiesta haber acompañado cuando la campaña electoral de febrero a Fidel Blanco Castilla (inspector de Primera Enseñanza después depurado, representante de Gabriel Franco López –y astorgano como él-, que resultaría elegido diputado a Cortes por aquella formación en la provincia; el docente, candidato en noviembre de 1933, no obtuvo en aquellos comicios ningún voto) en visitas de propaganda a varios pueblos del partido, y que “fue segundo gestor municipal (primer teniente de alcalde) hasta su renuncia dos meses antes de que estallara el alzamiento, sin que volviera más por el Consistorio hasta el día en que del mismo se hizo cargo el señor capitán, en que firmó él allí un acta de ingreso como secretario interino”.

José Barrientos Martínez (“Macareno”), uno de los primeros asesinados por los rebeldes en la zona   >>>

Se refería en su deposición al capitán de la Guardia Civil Arturo Marzal Macedo[2], conjurado con falangistas locales para hacerse con el control de la villa una vez sublevados, lo que realizaron pasada la media tarde del 20 de julio de 1936, (seguramente después de que en ella se hallaran ya todos o parte de los guardias que allí recalan camino de ser concentrados en León, incluidos los de los puestos de Gusendos de los Oteros, Palanquinos, Villaquejida, Matallana de Valmadrigal, Valdevimbre, Valderas y Villamañán, dependientes del cabecera de la tercera compañía de Coyanza), apoderándose de la estación del Ferrocarril Estratégico (la del “tren burra” de vía estrecha que circulaba de Medina de Rioseco a Palanquinos) y de las instalaciones telegráficas y telefónicas, proclamando a continuación el estado de guerra y difundiendo un bando en el que se dispone sean entregadas en el cuartel de la Benemérita (sito entonces frente al Colegio de los Agustinos) todas las armas de fuego en manos de la población civil, y desatendiendo, por cierto, la orden que su superior, el jefe de la Comandancia de León, teniente coronel Santiago Alonso Muñoz, le había dado al menos en la tarde del día anterior por teléfono –como a todos los demás responsables de los puestos provinciales- de “defender la causa del Gobierno de Madrid hasta perder la última gota de su sangre”[3], la misma que debió de cursar a las restantes cabeceras de compañía (la segunda de León y la primera de Ponferrada) y de línea de la provincia.

 Le ordenó además entonces el teniente coronel detener a un cura de Valderas que había dado muerte a un individuo del Frente Popular de aquella villa al repeler una agresión que allí tuvo lugar (el apodado “Sabas” era el muerto, y Leandro Casado el sacerdote), y que el sargento del puesto valderense se pusiera incondicionalmente a las órdenes del alcalde, aunque él, desobedeciéndolo, envió allí a dicho sargento con el previo mandato de que no realizara tal detención, excusándose en que el clérigo huyó a Valladolid, y de que hablara con el regidor, por pura fórmula, pero que, lejos de ponerse a su disposición, hiciera todo lo contrario, pues su deber era defender a España. Cumplió el sargento sus instrucciones con tan poca discreción que destituyó al alcalde, y al poco era llamado de nuevo el capitán Marzal por el jefe de la Comandancia, amonestándolo por lo hecho por aquel, ante lo que se disculpó como pudo achacándolo a un error. Reunió después, vista la actitud del responsable provincial, a los efectivos concentrados en la cabecera de la Tercera Compañía a su mando, acordando todos ellos que de transcurrir un día más sin que León se uniera al movimiento militar se retirarían a Valladolid (ya sublevada), lo que no fue preciso, pues más tarde –ya el 20 de julio por la tarde- recibió nueva orden de la Comandancia (dada por el mismo teniente coronel, depone en el Sumario 20/36) de esperar a la fuerza de La Bañeza, declarar el estado de guerra, designar un Ayuntamiento solo con elementos republicanos -incluidos los de Izquierda Republicana-, y retirarse a la capital.  

También se negó el capitán a requisar el armamento a los vecinos derechistas, no ejecutando las instrucciones que para hacerlo bien temprano le daban en la misma mañana del día 20 los delegados gubernativos Onofre Gerardo García García y Domingo Fernández Pereiro, llegados de León a la villa en coche conducido por un chofer y que tras entrevistarse en el Consistorio con él y con el alcalde (“al que transmiten el consejo del gobernador de que no se altere el orden público”, recomendándole no obstante que “en caso de necesidad habría de cortar las comunicaciones y lo que hiciera falta”) regresan a la capital en torno a las once, acompañados por el miembro de las Juventudes Socialistas locales Antonio García Pérez (sorprendido horas más tarde por la sublevación en el Gobierno Civil, apresado después, y fusilado el 4 de diciembre). Nada de particular ocurría aquí, les dijo el capitán Arturo Marzal a los delegados, excepto en Valderas, donde acababa de haber una refriega entre elementos civiles (militantes de la izquierda tiroteaban y herían levemente el día antes a Ponciano Pérez Alonso Jefe local de Falange), y allí –con su aquiescencia- iba a mandar un camión de guardias para restablecer el orden y detener a los participantes en ella, de cualquier filiación política que fueran (eran apresados y conducidos a Coyanza los izquierdistas Doroteo Toral Martínez y Florentino Álvarez García, acusados de la agresión al de Falange). Las organizaciones integrantes del Frente Popular local se declararon durante unas horas en huelga general, sin que se llegaran a producir incidentes de importancia. Aprovechando la presencia en la localidad de los abundantes guardias civiles agrupados, se iniciaba en la tarde del 20 de julio desde allí el aseguramiento para los sublevados de las poblaciones de la Tierra de Campos, por las que se despliegan dominándolas sin gran oposición por más que también en ellas las entidades de la izquierda política y obrera llamasen a un paro general que tampoco tendría mucho seguimiento, dirigiéndose los guardias a la capital después de conseguirlo. 

Según la narración que en 1948 hace el presbítero Teófilo García Fernández [343-345] de lo sucedido aquellos días, la vieja guardia de Falange, muy pequeña en número, y otras personas de orden de la villa, desde que llegan las primeras noticias del levantamiento en Marruecos se ponían en contacto con el capitán al mando de la Guardia Civil de la demarcación, quien tenía puesta su atención en la capital de la provincia sobre todo. Después, el día 20 a las dos y media de la tarde, por la radio nos enteramos de que la guarnición de León se ha alzado en armas, resonando desde la emisora leonesa los disparos de la fusilería y las explosiones de granadas de mano, y antes de una hora una alocución radiada comunica que tras una ligera resistencia ya vencida el Ejército es dueño de la ciudad y en patriótica arenga incita a los ciudadanos de la provincia a secundar con entusiasmo el movimiento salvador de España, lo que aquí hacen de inmediato los guardias civiles y los falangistas, a los que otros elementos de orden se unen enseguida. Unas parejas de la Guardia Civil se apoderan raudas de las comunicaciones, mientras otro pelotón de beneméritos recorre las calles de la villa proclamando el estado de guerra, a lo que sigue la recogida de toda clase de armas, que los vecinos se apresuran a entregar en el cuartel. Como protesta por la imposición de la ley marcial declararon la huelga general las organizaciones locales del Frente Popular. Afortunadamente se impuso la cordura y depusieron su actitud, sin que durante el día ni la noche se registrase incidente desagradable alguno.

Al día siguiente, a las once y media de la mañana, tras asesorarse de varios vecinos de orden (ya que apenas conoce a las gentes del pueblo por lo poco que lleva aquí destinado), entre ellos el jefe de Falange, Guillermo Garrido, cuyo consejo de nombrar la Corporación que había sido del partido de Gil Robles acepta, y “siguiendo órdenes del Gobierno provincial constituido en virtud del levantamiento militar”, en la Casa Consistorial el capitán Marzal destituye a la Comisión Gestora municipal frentepopulista que rige el Ayuntamiento desde el pasado 23 de marzo[4] y repone en su lugar a los concejales electos el 12 de abril de 1931 y entonces suspendidos (Pedro Martínez Zárate, Máximo G. Palacios, Ángel Medina, Martín Falcón, Delfín del Río Ortiz –alcalde en enero de 1937-, Horacio Alcón Pérez, Arsenio Falcón, y F. Miguélez), protestando por ello el alcalde-presidente de aquella, Clementino Díez González, “pues el Gobierno legítimamente constituido en virtud de las elecciones del pasado 16 de febrero continúa en este día en su cargo, sin que haya sido relevado por el Gobierno revolucionario” (aunque adoptó después una actitud de sumisión, se informará más tarde), consignaba en el acta el secretario municipal Tomás Garrido. Después, el mismo 21 de julio, por orden de la superioridad militar de León todos los guardias civiles concentrados en la villa salen al mando del capitán Arturo Marzal para la capital (ayudando más allá de Mansilla de las Mulas y cerca de Puente Castro a los mandados por los tenientes Felipe Romero y Valentín Devesa, de camino también para León, a repeler el ataque de un grupo de izquierdistas, dando a su llegada a la capital novedades al teniente coronel, “aunque se percató de que ya no era el jefe de la Comandancia”), encargándose de mantener el orden en Valencia de Don Juan las fuerzas de Falange reforzadas con otros elementos adictos al movimiento nacional. 

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[1] Según señalará en 1948 en su Historia de la villa de Valencia de Don Juan Teófilo García Fernández, capellán castrense, “combatiente en la Cruzada”, que formaría parte del aparato represor franquista, presidiendo como delegado provincial de Instrucción Pública la depuración del personal de enseñanza. Con la ayuda de 2.000 pesetas donadas por el Ayuntamiento coyantino en 1934 había iniciado aquella obra, y a mediados de octubre, cuando volvía a ser capellán del Regimiento Burgos 31 (ya lo era en 1930), entregaba las 750 correspondientes a 1936 “como óbolo para la causa de España, 500 para la suscripción del avión “León”, y las 250 restantes para que el Ayuntamiento compre lo necesario para la confección de calcetines para los soldados del frente” (“Ejemplo de patriotismo”. El Diario de León. 14-10-1936).

[2] Oriundo de Olivenza, en Badajoz, mandaría el 30 de julio la columna motorizada de falangistas y guardias civiles que tomaba Boñar, siendo ya a la mitad de agosto responsable del reclusorio leonés de San Marcos, “cuando ya casi no cabe allí un alma en pena más”.

[3] Así se recoge en el consejo de guerra en el que en León juzgan y condenan a muerte al teniente coronel el 17 de marzo de 1937. La consigna debió de transmitirse partiendo de las taxativas instrucciones enviadas desde la madrugada del 18 de julio por radio y télex por el general Pozas, inspector general del Cuerpo, de considerar facciosas las proclamas de los rebeldes y cumplir fielmente con sus deberes, a una Guardia Civil que en su mayor parte se mantendría aquellos días a la expectativa de lo que pudiera acontecer (de hecho, en Barcelona, por ejemplo, no se decidió a actuar hasta las dos de la tarde del día 19, cuando la situación ya se había decantado favorable a los leales [Beevor, 2005]). En León además era traída personalmente por el Jefe de la Comandancia Provincial, llegado de Madrid en la mañana del mismo 19 de julio para volver a hacerse cargo de su mando.

[4] De aquellos diez gestores, cuatro serían luego paseados: Urbano González Soto, Jesús Luengo Martínez (presidente del Sindicato de Oficios Varios), Marcelino Quintano Fernández, y el albañil Víctor Pérez Barrientos (presidente del Sindicato de Trabajadores de la Tierra; uno de los locales de su domicilio era la sede de la Casa del Pueblo, que él regentaba, y en ella además de celebrar reuniones se proyectaba cine y se hacían bailes). Presidía la Agrupación Socialista Fermín Criado, y era secretario de las Juventudes Socialistas Daniel Lera.


Julio de 1936. La sedición en Grajal de Campos[1] y en Sahagún.

 Los días anteriores a los del inicio de la rebelión militar habían sido un tanto agitados en Grajal de Campos: tomaba el Ayuntamiento el 14 de julio posesión del expropiado viejo cementerio católico (punto álgido de lo que en aplicación de la legalidad republicana había supuesto un enfrentamiento duro y reticente con el párroco), y se constituía la Junta de Reforma Agraria del municipio (obedeciendo al nuevo y efectivo impulso que a la misma venía dando el Gobierno del Frente Popular). Mediaba la Comisión Gestora municipal el día 15 en el conflicto laboral entre obreros del campo y patronos de la localidad en desacuerdo sobre las bases de trabajo presentadas por aquellos, y se formaba por fin y tras anteriores diferencias el Registro de Colocación Obrera y su oficina local. El 17 de julio prohibía la Gestora que salieran máquinas a segar sin dejar antes un tercio de lo cosechado para paliar el paro obrero local con la siega a mano (como ya habían acordado para la provincia Jurados Mixtos del Trabajo Rural en años anteriores), y este mismo viernes por la noche se supo en Grajal, por la radio del Centro Obrero, del alzamiento en África.

El sábado 18 se iban conociendo los detalles de la rebelión militar y su penetración y extensión en la península, y llegaron a la Comisión Gestora a través de la madrileña Unión Radio y del Centro Obrero de Sahagún las consignas de salir armados a la calle en defensa de la República. El día 19 de julio a las seis de la tarde el alcalde, Jacinto Pascual López, publicaba un bando en el que ordena la inmediata entrega en el Consistorio de todo el armamento en manos de particulares. Se trataba de 57 armas: 34 escopetas, 14 pistolas, 8 revólveres y un rifle, correspondientes a 42 propietarios (alguno poseía hasta cuatro de aquellas), todos ellos falangistas excepto tres conservadores y dos republicanos, además del médico y el coadjutor de la parroquia, que no militaban en Falange. De todo aquel arsenal depositado en el Ayuntamiento tan solo las escopetas se distribuyeron al iniciarse la noche entre jornaleros socialistas y republicanos de la Casa del Pueblo (la Sociedad de Obreros Agrícolas, que tenía allí su sede, también se había sumado a la declaración de huelga general), y con ellas hicieron hasta las dos de la madrugada guardias en torno a la villa, desde la Plaza Mayor hasta la estación del ferrocarril y por las rondas sur y este, mientras en la parte norte, junto a la carretera de Villada y el puente sobre el río Araduey, se apostaban guardias civiles de Sahagún, desplazados allí aquel mismo día, y que mostraban en aquellas primeras horas indecisión y dudas, “acompañando a los obreros que hicieron servicio de armas, sin que se diera alteración alguna del orden público”, afirmará el defensor en el consejo de guerra que juzga aquellos hechos, en el que también se asegura que la autoridad municipal dispuso que los jornaleros armados patrullaran las calles de la localidad en unión, compañía y ayuda de la Guardia Civil (como se hizo en tantos lugares), obedeciendo aquí tales actuaciones a lo ordenado al jefe de la línea de Sahagún desde la Comandancia de León. 

En Sahagún salió el pueblo a la calle el 18 de julio, y en la Plaza fueron apaleados los fascistas Jesús Pérez, farmacéutico, los vecinos Julio Hernández y Roberto, y Marcelino Castañeda, subjefe de Falange Española, que, con una herida en la cabeza, hubo de ser hospitalizado, al igual que el tal Roberto (los otros dos, heridos, fueron encarcelados, dirá el 5 de agosto el corresponsal de El Diario de León). A lo largo del día siguiente, ante la inacción del alcalde, Victoriano de la Puerta Gutiérrez (de Izquierda Republicana; propietario de un almacén de coloniales), Benito Pamparacuatro Franco –regidor en los años anteriores; no tardaría en ser cruelmente asesinado- y Vicente Oveja Díez repartieron a grandes grupos de izquierdistas que invadieron el Consistorio (la mayoría jornaleros agrícolas seguidores de la huelga general decretada aquellos días de la siega ante la sedición) las armas que en la misma fecha el alcalde había mandado recoger de particulares y de las dos armerías de la localidad y depositar en el cuartel de la Guardia Civil[2], trasladadas luego al Ayuntamiento por una posterior disposición de la alcaldía.

Benito Pamparacuatro Franco   >>>

En la noche del 18 al 19 recibía el teniente Valentín Devesa que mandaba aquel puesto, cabecera de la línea que incluía los de Cea, Almanza, El Burgo Ranero y Valverde Enrique, orden telefónica del capitan Arturo Marzal Macedo (jefe de la Tercera Compañía, que manda desde el cuartel de Valencia de Don Juan) de concentrar en Sahagún a todos los guardias de la misma, interesando del regidor la requisa de los coches necesarios para ello, de modo que a las cinco de la madrugada, con todos reunidos, también por teléfono le llega de la Comandancia de León (de su primer jefe Santiago Alonso Muñoz, declara el teniente el 14 de enero de 1937, aunque debió de provenir del segundo, el comandante Luis Medina Montoro, sustituto de aquel desde el 12 de julio hasta las siete de la mañana del día 19, en que regresa de Madrid) nueva orden de enviar a Palencia en los mismos vehículos un sargento con 19 números.     

Al teniente Devesa le ordena a las doce horas ya el teniente coronel Santiago Alonso Muñoz salir con los 15 guardias restantes a las dos de la tarde para Grajal y tras ponerse a disposición de su alcalde para desarmar a los derechistas del lugar y armar a las personas de orden del Frente Popular (“que el regidor ya sabe quiénes son”), continuar hasta el límite provincial, en el que, destacando en avanzadilla tres guardias y una clase  (un sargento) y él a un kilómetro en retaguardia con el resto de la fuerza y a su espalda para auxiliarla los paisanos armados en Grajal, “los avanzados le avisen con unos disparos cuando arribe la columna de unos tres mil hombres entre militares y civiles que desde Palencia (donde triunfó la sublevación por la mañana) se dirige a León con el fin de reducir a los sediciosos (los mineros y frentepopulistas leoneses que defienden la legalidad y no se suman a los alzados y a su golpe), y se da choque con ella deshacerla a toda costa”. En virtud de tales instrucciones y de otras que al parecer él ya tenía, publicaba el regidor de Grajal de Campos el referido bando de recogida de armamento, anotando el nombre del propietario y el arma y los cartuchos entregados. Durante el resto del día 19 y hasta las cuatro de la tarde del 20 vigilaron el teniente y sus fuerzas apostadas en la carretera de Palencia, sin que se presentara la esperada columna, y a tal hora, recibiendo aviso del teniente Felipe Romero, venido de León y que ya se hallaba con unos veinte guardias en Sahagún, de replegarse allí con todos sus efectivos, lo hacía así en los coches de línea que aquel le enviara para ello, en los que se llevaba también las armas y municiones que el alcalde de Grajal había depositado en la secretaría del Ayuntamiento.   

En la noche del 19 de julio y la madrugada del 20, se reciben en el cuartel de la Benemérita órdenes de los conjurados de León de proclamar el estado de guerra, actuando rotundamente después el teniente de la Guardia Civil Felipe Romero Alonso, desplazado desde la capital con más de veinte guardias civiles aquella misma tarde y apoyado por milicias de Falange y otros voluntarios derechistas de la localidad, a los que formó y organizó. A su llegada a Sahagún, el teniente Felipe Romero “fue recibido hostilmente por la guardia roja” (diría él mismo), desplegó la fuerza que lo acompañaba, enviada a su cargo por el Jefe de la Comandancia de León, el leal Santiago Alonso Muñoz, para en unión de los guardias de Sahagún y de los paisanos armados reclutados en Grajal impedir allí el paso a las tropas que se suponía se trasladaban desde Palencia a León para combatir a las columnas de mineros asturianos que se dirigen a Madrid, y traicionando las órdenes de aquel acorraló a los izquierdistas armados que se habían distribuido haciendo guardias y patrullas por las entradas de la población, y los convocó, con el alcalde, en el Ayuntamiento, ordenando a este que retirase todas las armas entregadas a los militantes de la izquierda. Como el regidor se mostró reacio a ello, “a eso de las diez de la mañana del 20 de julio” declaró el teniente en Sahagún la ley marcial y dispuso de nuevo la retirada en media hora de todo el armamento y la puesta en libertad de las personas de derechas que se hallaban apresadas. Dio cuenta de lo realizado por teléfono después a la Comandancia leonesa, y habló con el comandante (Luis Medina) o un capitán de la misma (Miguel Moset), quien lo enteró de que allí –y en la capital- nada había aún sucedido.

<<< En el centro, sentado, con miembros de la Asociación de la Prensa Leonesa en 1937, Luis Medina Montoro, Delegado de Orden Público directamente relacionado con la represión mortal en la retaguardia de León en los primeros meses de la guerra.

Pocas horas más tarde, “al saber que los comunistas se iban a apoderar de Sahagún” (se dirá luego en el sumario que condena a los que no hicieron allí más que defender la legalidad) entraba en la villa-ciudad el comandante de Infantería Ignacio Estévez Estévez (retirado por la ley Azaña, residía entonces en la cercana Dehesa de Maudes, en Calzada del Coto, propiedad de la familia de su esposa, Carmen Eguiagaray Pallarés) como comandante militar, dictando el día 20 un bando que por orden del general de la División pone bajo el estado de guerra a todo el Partido de Sahagún, cerrando los establecimientos públicos a las nueve de la noche, y prohibiendo y considerando sediciosos los grupos de más de tres personas. Deponía a la Comisión Gestora municipal y la sustituía por otra “de personas de orden” el día 22, en la que el 30 de julio se cambiaba al alcalde que la presidía, “según orden expresa del capitán don Miguel Moset y Sánchez Carpio” (quien sustituía como delegado de Orden Público al comandante Luis Medina Montoro en sus ausencias).

La fulminante y contundente acción militar desarrollada en Sahagún derribó toda ilusión republicana que en Grajal de Campos pudiera aún albergarse. A las cinco de la mañana del día 20 de julio, requeridos por la Benemérita del cuartel sahagunense, los obreros de la localidad (parece que no todos: algunos -seguramente cenetistas- se trasladaban a León aquella madrugada) entregaron a tres guardias de aquel puesto (el teniente Valentín Devesa Villalón que lo mandaba y los números Miguel Sierra y Epigmenio Villafañe) las armas en el Ayuntamiento, donde quedaron custodiadas, “cumpliendo sin protestar lo requerido y obedeciendo puntualmente, sometiéndose con rapidez a las autoridades legítimas representantes del Movimiento Nacional, tras la escasa peligrosidad y la falta de trascendencia de los hechos por ellos realizados”. Cuando la Guardia Civil de la villa recibió también la orden de marchar a León se llevó consigo, a las siete de la tarde, aquellas armas, recogidas por el teniente Felipe Romero, que se presentó en Grajal para ello y para llevarse también a sus órdenes toda la fuerza que allí estaba desplegada, y las depositó en el cuartel de Sahagún (había sido inaugurado, junto con la cárcel del partido sita en la Ronda de San Francisco, en 1932, cuando era alcalde Benito Pamparacuatro Franco), de donde “las entregaron a las gentes de orden”. A las 15 horas había recibido el teniente Romero la orden de regresar a León con la fuerza de allí venida a su mando más la concentrada por el teniente Devesa en Sahagún el día antes, lo que realizaban después de tener algunos encuentros con los rojos, declarar el estado de guerra en Mansilla de las Mulas, y liberar aquí a algunos derechistas encarcelados por individuos del Frente Popular, entrando en la capital sobre las cinco de la tarde del martes 21 junto a la fuerza de la Tercera Compañía que, mandada por el capitán Marzal, se les unía en Puente Castro y les ayudaba a repeler allí un ataque de elementos extremistas (ya en la Comandancia” mandaba el segundo jefe Luis Medina, y el teniente coronel Santiago Alonso nada disponía ni ordenaba”, declaran aquellos oficiales). 

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[1] Seguimos para lo sucedido en este municipio esencialmente lo que en su obra señala el investigador Vicente Martínez Encinas [2006].

[2] Entre ellas las del comercio de Domingo Hidalgo (dirigente de la Unión Patriótica Nacional cuando la dictadura), que ya al principio del pasado mayo, cuando allí como en otros muchos lugares se habían producido detenciones de fascistas, el falangista de Grajal Manuel Lorenzo Ponce había tomado y repartido para armar a algunos convecinos de derechas.



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